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LA NAVIDAD ES FIESTA DE FE





El centro del anuncio de la Navidad se encuentra en las palabras del Evangelio de san Juan: "Y la Palabra se hizo carne, puso su tienda entre nosotros"

[1].

El cristianismo, por lo tanto, une en un mismo acto la Palabra y la carne. Radicalizar la Palabra o radicalizar la carne, perdiendo su íntima y profunda unión - que no es confusión o separación o suma de dos elementos - quiere decir quedar fuera del misterio cristiano.

Decir que la Palabra se ha hecho carne quiere decir afirmar que no existe hecho sin palabra, pero también que la palabra no queda palabra, siempre palabra, nada más que palabra, sino que se hace visible y tangible y lo que vemos y tocamos no es otra cosa sino la palabra que hemos escuchado.

Sobre esta relación entre anuncio y realización se juega toda la credibilidad del cristianismo.

La Palabra se ha hecho carne no en un relato mítico o simbólico. La Palabra se ha hecho carne en la historia de los hombres, en un determinado lugar y en un determinado tiempo, en la cotidianidad de la vida concreta de los hombres.

Por eso Lucas nos da el marco histórico del nacimiento de Jesús. Ello ocurrió en los días en que era emperador César Augusto y gobernador de Siria Quirino; en una ciudad de Judea llamada Belén y en un pesebre, ya que en la posada del lugar no había sitio para Él.

En nuestro tiempo, en nuestra historia, Palabra y carne ya no pueden estar separadas. Decir que el cristianismo es la religión del Libro es verdadero, pero incompleto. Reducir el cristianismo a la escucha de la Palabra es parcial, porque esta Palabra se ha hecho carne y ha habitado entre nosotros.

El misterio de la Navidad llama al hombre a una transformación, a un nuevo nacimiento. San Agustín, en una de sus homilías sobre la Natividad de Dios, afirma que "quiso nacer en condición humana para que nosotros naciéramos en Él"[2].

El misterio de la Navidad, por tanto, no acaba en la encarnación del Verbo. San Atanasio, uno de los grandes defensores del misterio de la encarnación, afirma que el Verbo "se ha hecho hombre para que nosotros nos convirtiéramos en Dios"[3].

En el misterio de la Navidad hay el anuncio de una nueva alianza: Dios dona su divinidad al hombre, quien por su parte le dona su humanidad por medio de María. Esta alianza es ofrecida a todos, ya que "el Hijo de Dios con su encarnación, se ha unido en cierto modo con todo hombre"[4]. Pero esta alianza se realiza solo con el consentimiento libre y activo del hombre mismo.

Si el primer nacimiento del hombre no pertenece a su libertad, el segundo nacimiento no puede ocurrir sin interpelar la libertad del hombre y sin que esta libertad interaccione activamente.

Uno no es cristiano por una cuestión de raza, de sangre o de cultura, sino por un acto de libre adhesión a una alianza que se le ofrece.


La dictadura de las opiniones comunes

El nuestro es un tiempo en que hay una crisis de la palabra. Demasiadas palabras han sido pronunciadas y demasiadas se siguen pronunciando. En el mercado hay realmente una alta tasa de inflación de las palabras. Son palabras que no tienen ninguna cobertura, ninguna reserva. Su valor es nulo. Palabras sin peso, al viento, recicladas, enfermas, soft, light, débiles, sin sentido. Palabras que siempre deben ser interpretadas, explicadas, desmentidas, sometidas a análisis y contraanálisis. Se dice una palabra e inmediatamente después nace un montón de hipótesis. Empieza aquella contienda exegética, que se llama dietrología, para entender los misterios que la circundan. La dietrología se ha convertido en la ciencia de quien trata de entender lo que hay detrás de lo que se dice. Ya asistimos a un proceso esquizofrénico de tijera entre palabra y hecho.

 Las palabras suceden a las palabras como simples sonidos (flatus vocis). Ellas parecen golpear la atención por el efecto sonido, ligado a la imagen que las acompaña. La verdad es reemplazada por la sensación más o menos agradable que sonido e imagen dan.

Parece que ya no existen verdades, sino solo sensaciones. Y, por consiguiente, solo opiniones ligadas a estas sensaciones. Si en la antigua filosofía las opiniones (en griego opinión se dice dóxa) eran acogidas con método empírico, hoy éstas son captadas con métodos matemáticos.

En esta óptica la dóxa[5] constituye el punto de referencia de toda acción. Todo acontece a través de sondeos. Es el sondeo el que determina cómo tenemos que movernos, qué tenemos que creer, por quiénes debemos votar. El sondeo, atado a una imagen-sonido, constituye la fórmula a la que hace falta atenerse para tener éxito.

El mundo de hoy es fascinado por el éxito. Lo que vale es el éxito y todo se desarrolla en función de él. Para quien tiene éxito todo está permitido. Quien pierde, lo pierde todo. La misma persona que era alabada viene despiadadamente destruida cuando pierde la audience (popularidad). La neurosis de querer ser siempre los primeros destruye la calidad de la vida. El tener predomina sobre el ser y mata.

Pero la Iglesia nos dice que también en este tiempo Jesucristo nace. En la noche de Navidad la liturgia nos anuncia: "Hoy Cristo ha nacido"[6].

¿Jesús, quizás, para hacerse aceptar, tiene que renunciar a ser Palabra de Dios viva y eficaz, más penetrante que espada de doble filo? ¿Palabra que penetra hasta donde se dividen el alma y el espíritu, los huesos y los tuétanos, haciendo un discernimiento de los deseos y los pensamientos más íntimos?[7].

¿Debe quizás, para ser acogida, nacer en las villas del poder en vez de nacer en un pesebre?

¿O, quizás, antes tenga que esperar los resultados del último sondeo para saber si es éste el tiempo favorable?

La Palabra se hace carne hoy. Hoy estamos llamados a un nuevo nacimiento. La fe es ésta. Y Navidad es fiesta de fe. El respeto de la libertad de todos no tiene que significar falsificación de las palabras. El primer acto de auténtico amor no consiste en dar cosas, sino en poner a cada uno en condición de hacerse consciente y libre de elegir.

 Salimos de la masa y nos transformamos en personas cuando la Palabra se dirige a nosotros, llamándonos por nuestro nombre. Frente a esta Palabra que nos interpela, en forma personal, podemos decir nuestro sí o nuestro no. De esta manera, salimos del anonimato, de la indeterminación.

La existencia anónima, sin rostro, sin nombre, sin relación, sin saber para quién se vive y se muere es aquella en que, como afirmó Kierkegaard, "cada comunicación de la verdad se ha vuelto una abstracción... Nadie tiene el coraje de decir: ‘Yo'"[8].

La mezcla de sondeo-imagen-sonido nos deja, en los momentos cruciales de nuestra vida, completamente en el vacío; porque más allá de esta mezcla no hay nada.

En la novela de Iván Turgenev Padres e hijos, donde por primera vez es usado el término nihilista para indicar una corriente política revolucionaria, el protagonista, llamado Bazarov, no admite ningún principio, sino solo sensaciones. No es de ningún interés el hombre individual, sino solo el género humanidad[9].


Un sí que es realmente sí

El misterio de la Navidad es ante todo el encuentro del Yo de Dios con el yo del hombre. Sin la libertad de Dios no existiría este encuentro. Pero tampoco existiría sin la libertad del hombre. El yo de María, pronunciando su sí, ha permitido la encarnación del Hijo y les ha ofrecido a todos los hombres la posibilidad histórica de decir su sí.

Pero, como para María el encuentro ha ocurrido en la Palabra, así también para nosotros el encuentro no podrá ocurrir sino en la Palabra.

Y, como para María, también para nosotros "el sí será realmente sí", si permitimos  que la Palabra se convierta en nosotros en carne y sangre, nuestra carne y nuestra sangre.

Ahora bien, si la opinión se conoce por medio de los sondeos, la verdad, por el contrario, se comunica solo en la asunción concreta, carne y sangre, de una responsabilidad personal. Para usar las categorías de Kierkegaard, es del propio yo, del hablar en primera persona, de donde cada discurso debe empezar.

Sin palabra toda carne es ambigua, toda carne espera conocer su sentido, el sentido de su vivir. Pero sin la carne toda palabra queda indeterminada, solo anuncio y promesa.

En cambio, donde palabra y carne se comunican entre sí, distintas pero no separadas, unidas pero no confundidas, entonces tenemos el hecho sobre el cual construimos o tropezamos.

Navidad... Misterio de pobreza, misterio de fe, misterio de escucha, misterio de silencio... Una pobre muchacha de Palestina, un hombre justo, un pesebre, un niño envuelto en pañales, un mensaje: "Hoy, en la ciudad de David, ha nacido para ustedes un Salvador, que es el Mesías y el Señor"[10].

He aquí todo. ¿Es poco? ¿Es un cuento bonito? ¿Es un cuento de otros tiempos? ¿Es un mito entre muchos? ¿Es un inconsciente objetivado?

Cada uno conserva la libertad de su respuesta personal.

Yo escucho y contemplo esta historia. Y más la escucho y más la contemplo, cada vez más también yo entro en esta historia, en toda esta historia. Para hacerla transformar en mi carne y mi sangre. Porque ésta es la verdad que salva.


Emilio Grasso






[1] Jn 1, 14.

[2] Agustín, Sermo 371, cap. II, 2, Patrologia latina XXXIX, 1660.

[3] Atanasio, De Incarnatione Verbi 54, Patrologia graeca XXV, 192.

[4] Gaudium et spes, 22.

[5] Recordamos, por ejemplo, que en Italia y España la Dóxa es un Instituto de estudio de opinión.

[6] Cf. León Magno, Sermo 21, In Nativitate Domini nostri Jesu Christi I, cap. I, Patrologia latina LIV, 190.

[7] Cf. Heb 4, 12.

[8] S. Kierkegaard, Diario 1849-1850. A cura di C. Fabro, Morcelliana, Brescia 1981, 69.

[9] "Todos los hombres se asemejan entre ellos de cuerpo y alma. Todos nosotros tenemos el cerebro, el bazo, el corazón, los pulmones hechos de la misma manera, y también las así llamadas cualidades morales son las mismas en todos: pequeñas variaciones que no merecen mención. Basta un solo ejemplar de hombre para juzgar a los demás. Los hombres son como los árboles en el bosque; ningún botánico nunca pensaría ocuparse de cada individual abedul", I.S. Turgenev, Padri e figli. A cura di E. Lo Gatto, Milano 1967, 105.

[10] Lc 2, 11.
 

25/12/2011

 
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