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LA VIDA ES LA REALIZACIÓN

DE UN SUEÑO DE JUVENTUD*

El Papa habla a los jóvenes de América Latina




El 1 de mayo de 2011, después del regular proceso canónico y por voz insistente del pueblo de Dios, ya desde el día de su muerte, Juan Pablo II será proclamado beato.

Han pasado solo seis años desde el aniversario de la muerte de este Pontífice, sin embargo, su recuerdo no se atenúa en el corazón de quien ha vivido las maravillas de su pontificado.

Con toda razón se puede decir que el tiempo de gracia, que nos ha sido donado, de vivir con Juan Pablo II ha representado, para toda la humanidad, un verdadero kairós, tiempo-momento favorable dado a nosotros, para la elección fundamental de nuestra vida.

Este kairós del pontificado de Juan Pablo II debe ser leído en la inseparable unión entre la enseñanza y los acontecimientos, en la experiencia experimentada con su presencia y en ella.

El análisis filológico y teológico del término nos recuerda que "si el kairós es, ante todo, el tiempo para las elecciones fundamentales de la fe, para quienes han sido reconciliados (cf. Rom 5, 11; 13, 11) tiene que ser también el tiempo de vivir según la fe. El pasado servicio a los ídolos tiene que dejar el lugar al actual verdadero servicio a Dios (cf. Ef 5, 8s.; Gal 4, 8s.; cf. Rom 12, 1). La fe libera de la esclavitud del tiempo; franquea del peso del pasado a quien acoge el don del perdón. Pero, nadie está liberado de la responsabilidad moral de usar bien el tiempo que tiene a disposición (Gal 6, 10; Col 4, 5); más bien, el imperativo ‘aprovechen el momento presente' (Ef 5, 16) pone a los creyentes en comparación con el tiempo histórico. Pero, la nueva vida de fe no está exenta de tribulaciones. El kairós houtos (Mc 10, 30; Lc 12, 54), este tiempo, y por lo tanto también el tiempo de la Iglesia, no es un período de beatitud sin dificultades, sino un tiempo de lucha (cf. 1Co 9, 24ss.; Ef 6, 12; 1Tim 6, 11ss.) y de sufrimiento (Rom 8, 18), en el cual los cristianos están llamados a sustentarse recíprocamente, para no ceder (Heb 3, 12s.; cf. 1Tim 4, 1) en el momento de la tentación (Lc 8, 13)"[1].

Esta unión entre escritos y gestos fue bien evidenciada por su sucesor, y ya gran amigo y colaborador, Benedicto XVI.

Escribe, a este propósito, el actual Pontífice: "Juan Pablo II, filósofo y teólogo, gran pastor de la Iglesia, dejó una gran riqueza de escritos y gestos que expresan su deseo de difundir el Evangelio de Cristo en el mundo, usando los métodos indicados por el Concilio Vaticano II, y de trazar las líneas de desarrollo de la vida de la Iglesia en el nuevo milenio. Estos dones valiosos no pueden caer en el olvido"[2].

En un tiempo de temor e inseguridades, Juan Pablo II nos ha enseñado a no tener miedo.

En la homilía con ocasión del tercer aniversario de su muerte, Benedicto XVI ha evidenciado este aspecto de su largo pontificado.

"'¡No tengáis miedo!' (Mt 28, 5). Las palabras del ángel de la resurrección, que acabamos de escuchar, dirigidas a las mujeres junto al sepulcro vacío, se convirtieron en una especie de lema en labios del Papa Juan Pablo II, desde el inicio solemne de su ministerio petrino. Las repitió muchas veces a la Iglesia y a la humanidad en camino hacia el año 2000, luego durante aquella meta histórica, y también después, en el alba del tercer milenio. Siempre las pronunció con inflexible firmeza, primero blandiendo el báculo pastoral que culmina en la Cruz y luego, cuando sus energías físicas estaban decayendo, casi agarrándose a él, hasta aquel último Viernes Santo en el que participó en el Vía Crucis desde su capilla privada estrechando la Cruz entre sus brazos. No podemos olvidar ese último y silencioso testimonio de amor a Jesús. También esa elocuente escena de sufrimiento humano y de fe, en aquel último Viernes Santo, indicaba a los creyentes y al mundo el secreto de toda la vida cristiana. Su ‘¡No tengáis miedo!' no se apoyaba en las fuerzas humanas, ni en los éxitos obtenidos, sino solamente en la Palabra de Dios, en la Cruz y en la Resurrección de Cristo. Este abandono en Cristo se puso de manifiesto de un modo cada vez más evidente a medida que era despojado de todo, al final incluso de la palabra misma. Como aconteció a Jesús, también a Juan Pablo II, al final, las palabras dejaron su lugar al sacrificio extremo, al don de sí mismo. Y la muerte fue el sello de una existencia totalmente entregada a Cristo, configurada a Él incluso físicamente por los rasgos del sufrimiento y del abandono confiado en los brazos del Padre celestial. Como atestiguan los que estuvieron cerca de él, sus últimas palabras fueron: ‘Dejad que vaya al Padre'; así culminaba una vida totalmente orientada a conocer y contemplar el rostro del Señor"[3].

Con gran amor al nuevo Beato, que será proclamado solemnemente el 1 de mayo de 2011 y que esperamos pronto poder ver canonizado por la gloria de Dios y la edificación de la humanidad entera, publicamos este breve ensayo, que analiza sus discursos a los jóvenes durante su visita en tierra de América Latina.

Es una pequeña señal de filial devoción al querido Papa, y también un acto de gratitud a esta tierra en la que estamos presentes desde hace treinta años.

Emilio Grasso



[1] Cf. H.-C. Hahn, Tempo, en Dizionario dei concetti biblici del Nuovo Testamento. A cura di L. Coenen - E. Beyreuther - H. Bietenhard, EDB, Bologna 1980, 1830.

[2] Benedicto XVI, Discurso a la Fundación Juan Pablo II (23 de octubre de 2006).

[3] Benedicto XVI, Homilía de la Misa en sufragio de Juan Pablo en el tercer aniversario de su muerte. Plaza de San Pedro (2 de abril 2008). 



***********

Jóvenes de América Latina: protagonistas de una doble esperanza

La importancia que hoy adquiere el mundo juvenil en América Latina es extraordinariamente grande, incluso prescindiendo de cualquier consideración de tipo espiritual, teológico, pastoral, político, económico, sociológico y cultural.

En sus viajes a América Latina, Juan Pablo II prestó siempre una atención particular al mundo de los jóvenes y de los niños, a quienes se dirigió en diferentes ocasiones.

Desde su primer encuentro, el 30 de enero de 1979 en Ciudad de México, Juan Pablo II habló a los jóvenes diciendo que ve en ellos "la esperanza prometedora de la Iglesia y de la nación mexicana del mañana". En los jóvenes del Brasil reconoce "el futuro real de este ‘país del futuro', inmensamente rico". Y sigue diciendo: "Por eso este país, y con él la Iglesia, os miran con ojos de expectación y de esperanza". Con los mismos sentimientos, el Papa se dirige a los jóvenes reunidos en el estadio de Bogotá: "Sois gozo y esperanza de la Iglesia y del mundo. En vosotros brota el renuevo de la comunidad de los creyentes y representáis el relevo de los que construyen la ciudad temporal".

Pero no son solo el Papa, la Iglesia y los países quienes tienen esperanza en los jóvenes. Es "Cristo, el eternamente joven, (que) os necesita y os convoca en la Iglesia, verdadera juventud del mundo". Es el mismo Dios que cuenta con los jóvenes para cambiar el mundo. El futuro de un país depende de los jóvenes. Ellos son el futuro que se configurará como presente según asuma ahora su vida.

Ya desde hoy los jóvenes son los "constructores de un mundo mejor".

Según esta visión, y con mayor razón, "los niños son los predilectos de Dios... son a su vez el tesoro y la esperanza de la Iglesia".

Las palabras pronunciadas por Juan Pablo II, en el encuentro con los jóvenes en la Jornada Mundial de la Juventud en 1987, que se realizó en Buenos Aires, sintetizan su pensamiento sobre este tema: "Vosotros, jóvenes latinoamericanos, sois protagonistas de una doble esperanza: por vuestra juventud, esperanza de la Iglesia; y por ser de Latinoamérica, continente de la esperanza. Y todo ello os confiere una particular responsabilidad, ante la Iglesia y ante toda la humanidad. ¡Espero mucho de vosotros!".

Tiempo de elección

Antes de iniciar un análisis de estos discursos del Papa, se plantea el problema de definir, ante todo, qué se entiende por joven y juventud a partir de los discursos mismos.

Para Juan Pablo II, los años de la juventud representan "el tiempo más propicio para un descubrimiento particularmente intenso del yo humano, y de las propiedades y capacidades que este encierra". Es, entonces, un tiempo favorable, un kairós, para tomar decisiones, un tiempo para orientar su propia vida, un tiempo para escuchar, reflexionar y proyectar.

Para Juan Pablo II es este el tiempo en que "el joven se halla ante una ocasión irrepetible de orientar toda su existencia; es el momento de encarar los grandes interrogantes: ¿Cuál es el sentido de la vida? ¿Hacia dónde orientarla? ¿Cuál es el fundamento sobre el que tengo que construirla? Es el tiempo para optar entre el egoísmo y la generosidad". Esto quiere decir que "la juventud está siempre en actitud de búsqueda". Es muy importante para el joven, en esta etapa de su vida, "conocerse a sí mismo, saber cuál es su valor, su verdadero valor, cuál es el significado de su existencia, de su vida, saber cuál es su vocación. Solo así puede definir el sentido de su propia vida".

Citando una expresión poética de Juan XXIII, el Papa afirma: "La vida es la realización de un sueño de juventud. Que cada uno de los jóvenes tenga su sueño para convertirlo en maravillosa realidad".

Por esta capacidad de soñar, unida a la lucha cotidiana para transformar el sueño en maravillosa realidad, "la Iglesia ve en la juventud una enorme fuerza renovadora..., símbolo de la misma Iglesia, llamada a una constante renovación de sí misma, o sea, a un incesante rejuvenecimiento".

La altura de la experiencia onírica en el Nuevo Testamento es única, y el que se acerca a ella después de haber conocido aquella de la antigüedad, tiene la impresión de dejar un mundo sucio y, a pesar de toda su religiosidad, sumamente profano, para entrar en la quieta pureza de un santuario cuyo pórtico está constituido por el Antiguo Testamento, en el que sobresalen la fuerza purificadora de la fe bíblica en Dios, la superación del mezquino horizonte individual, el acercamiento entre sueño e historia de la salvación.

El Dios bíblico y las exigencias de su Reino ponen en alerta frente a experiencias oníricas, que no refuerzan la fidelidad hacia el Dios liberador. Según la Sabiduría divina, "predicciones, visiones y sueños son tan vacíos... a menos que te sean enviados como una visita del Altísimo, no les prestes atención. Porque los sueños engañaron a mucha gente; los que confiaron en ellos fracasaron" (Sir 34, 5-7).

En la experiencia onírica del Nuevo Testamento, en el centro de todo está Dios y su reino está en primer lugar. En realidad, todos los sueños narrados en el Nuevo Testamento no son sino variaciones de un único tema, Cristo[4].

El sueño del que habla el Papa, que no es otra cosa que Cristo que se hace realidad, constituye la clave para interpretar todos los discursos de Juan Pablo II a los jóvenes de América Latina. Pero, para transformar el sueño en realidad, hace falta: por una parte conocer y amar a Cristo y por otra parte conocer la realidad en la que vivimos y que debe ser transformada.

Los discursos del Papa se mueven entre estos dos polos. Los jóvenes están llamados a responder. Pero, antes de dar respuestas, hay que presentar a los jóvenes las preguntas adecuadas. Antes de hacer preguntas, es preciso tener la clara conciencia de que esta búsqueda es propia del tiempo juvenil, que se caracteriza por ser tiempo de "generosidad, abertura a lo sublime y a lo arduo, compromiso concreto y decidido en cosas que valgan la pena, humana y sobrenaturalmente".

Este "ser joven" es también un dato sociológico, pero por sí solo no basta. "El mundo de hoy necesita no solo de la juventud como realidad sociológica, sino de la juventud del Espíritu de Cristo".

Esta "juventud cristiana del Espíritu consiste en permanecer siempre fieles al amor de Dios. La unión con Dios nos hace crecer cada día en esa juventud. En cambio, lo que nos separa de Dios es camino de envejecimiento interior, de anquilosamiento y torpeza" que impide conocer y vivir la constante novedad del amor de Dios.

La Iglesia no puede renunciar a esta juventud sociológica y espiritual. "¡Qué triste sería -dice el Papa- una Iglesia hecha solo de personas mayores!".

La dialéctica entre juventud del Espíritu y envejecimiento adquiere una serie de características que el Papa, dirigiéndose a los jóvenes reunidos en el estadio olímpico de Caracas, sintetiza de esta manera: "La juventud no es pasivismo e indolencia, sino esfuerzo tenaz por alcanzar metas sublimes, aunque cueste; no es cerrar los ojos a la realidad, sino rechazar las hipocresías convencionales y buscar y practicar apasionadamente la verdad; no es evasión o indiferentismo, sino compromiso solidario con todos, especialmente con los más necesitados; no es búsqueda del placer egoísta, sino impulso incesante de apertura y voluntad de servicio; no es violento torbellino revolucionario, sino dedicación y esfuerzo por construir con medios pacíficos una sociedad más humana, fraterna y participativa. Frente al pasado, la juventud es actualidad; frente al futuro, es esperanza y promesa de descubrimiento e innovación. Y frente al presente, debe ser fuerza dinámica y creadora. Por todo ello, no podéis pensar, jóvenes, que la situación presente es algo extraño a vosotros. Es algo que os compromete, como seres humanos y como cristianos".

Un sueño que transforma la realidad

Esta realidad de la situación actual, que tiene que ser transformada con el compromiso de toda la vida que realiza el sueño, tiene que ser conocida y examinada. Sin embargo, antes de contestar sobre la manera de transformarla, sobre lo que hay que hacer, es preciso responder a la cuestión fundamental del sentido y la dirección que hay que dar a la vida; pregunta y respuesta que orientan también el conocimiento y el estudio de la realidad. Es la pregunta que Juan Pablo II pone a los jóvenes de las Antillas Holandesas, parafraseando la que Jesús dirigió a Juan y Andrés, como leemos en el comienzo del Evangelio de Juan: "Jóvenes de las Antillas Holandesas, ¿qué buscáis verdaderamente en la vida?". Es la pregunta ineludible que, a imitación de Jesús, hay que dirigir a cada joven y a todos los jóvenes del mundo.

Varias veces y en distintos discursos, Juan Pablo II penetra en la realidad del continente latinoamericano, echando una mirada de conjunto a los problemas que afligen a este continente.

Con los jóvenes venezolanos el Papa encara el "momento histórico no exento de dificultades y problemas: crisis de auténticos valores morales, falta de seguridad, problemas económicos, dificultad en hallar empleo, clima de inmoralidad, injusticias, delincuencia, abusos, manipulaciones, indiferentismo religioso".

 Más completo es el análisis hecho hablando a los jóvenes de San Juan de los Lagos en México: "Si abrís bien los ojos y miráis a vuestro alrededor veréis mucha tiniebla, mucho dolor y sufrimiento entre vuestros hermanos mexicanos...: el hambre y la desnutrición, el analfabetismo, el desempleo, la desintegración familiar, la injusticia social, la corrupción política y económica, los salarios insuficientes, la concentración de la riqueza en manos de pocos, la inflación y crisis económica, el poder del narcotráfico que atenta gravemente a la salud y la vida de las personas, el desamparo de los emigrantes ilegales e indocumentados..., ataques continuos a los valores sagrados de la vida, la familia y la libertad".

En esta situación, los más afectados, los más débiles e indefensos de este sistema, son los niños. En su encuentro con los niños del Brasil, el análisis del Papa se convierte en grito de denuncia de altísima evocación profética: "No puede ni debe haber niños abandonados, ni niños sin hogar, ni niños y niñas de la calle. No puede ni debe haber niños utilizados por los adultos para fines inmorales, para el tráfico de droga, para los pequeños y grandes delitos y para la práctica del vicio. No puede ni debe haber niños en los reformatorios y en los correccionales, donde no reciben una verdadera educación. ¡No puede ni debe haber, es el Papa quien lo pide y exige en nombre de Dios y de su Hijo Jesús, que también fue niño, niños asesinados, eliminados con el pretexto de prevenir el crimen, niños marcados para la muerte!".

Esta realidad tiene que ser cambiada. Esta realidad no puede ser aceptada en nombre de un así dicho "sano realismo". Dirigiéndose a los jóvenes de Cochabamba (Bolivia) el Papa amonesta: "No interpretéis esto como una justificación de actitudes que pueden favorecer la indiferencia o la inactividad. No os desentendáis de los demás con la fácil excusa de que la vida es así, de que los problemas no tienen solución".

Aquí el Papa advierte repetidamente a los jóvenes del peligro de huir de la realidad. Meditando el relato evangélico de los discípulos de Emaús, Juan Pablo II encara el tema de la "crisis de las utopías". Vidas sumergidas que se dejan arrastrar. Sombras de tedio, de vacío, de desencanto que han dejado sus huellas en jóvenes vidas que tendrían que ser esperanza y promesa del porvenir. Y el Papa se pregunta: "¿Cómo es posible que muchos jóvenes compañeros y amigos nuestros estén cansados y aburridos de la vida antes de empezar a vivirla? ¿Cómo entender que estén ya de vuelta sin haber llegado todavía a ninguna parte?".

Y, con relación a esto, el Papa habla del "camino de Emaús. Emaús es hoy la evasión, el olvido, el hedonismo, la discoteca, la droga, la indiferencia, el pesimismo, los paraísos artificiales en que tantos se refugian".

Hay que abandonar el sendero de Emaús para ser "capaces de resistir a las filosofías del egoísmo, del placer, de la desesperanza, de la nada, del odio, de la violencia" y "no ceder al ateísmo, fenómeno de cansancio y de vejez... para afirmar la fe en lo que da sentido a la vida: la certeza de la existencia de un Dios justo y bueno".

El Papa sabe que "ante tantos y tan graves problemas, alguno podría sentirse tentado por la fácil solución de la huida, el indiferentismo o el desaliento. Pero el joven cristiano no cae, no puede caer en la desesperanza".

Hay una huida egoísta y falaz en la que no se debe caer. Huida que consiste "en buscar la satisfacción irracional de los apetitos: el abuso del alcohol, la droga, la ausencia de toda norma de moral en la conducta sexual y la tentación del fácil enriquecimiento a través del narcotráfico".

Es cierto que "muchas veces se necesita mucho coraje para ir contra la corriente de la moda o la mentalidad de este mundo. Pero esta es la única vía para edificarse una vida bien lograda y plena".

 El llamado del Papa se hace siempre más firme. Hablando a los jóvenes del Paraguay, en los últimos días de agonía de una dictadura que por treinta y cinco años había suprimido sistemática y ferozmente toda tentativa, aun tímida, de oposición, la voz de Juan Pablo II se levanta una vez más con evangélica determinación: "¡Muchachos y muchachas del Paraguay! ¡No tengáis miedo a empeñar la vida por los demás! ¡No os acobardéis ante los problemas! ¡No queráis huir de vuestro compromiso transigiendo con la mediocridad o el conformismo! Es la hora de asumir responsabilidades, de comprometerse, de no retroceder".

Para que el sueño se transforme en realidad y no quede solamente en un sueño de juventud, hay que dirigir la atención a las condiciones en las que nos movemos. El sueño está destinado a transformar la realidad, pero para que esto suceda, tenemos que confrontarnos con el dato existente. Substraerse a esa confrontación significaría escaparse otra vez, tomar de nuevo el camino de Emaús. Exactamente, para poder volar hacia arriba, hace falta enfrentarse con la situación en la que vivimos. Precisa tener los pies bien firmes en la tierra y no tomar el camino de Emaús que, con el pretexto de una huida hacia adelante o hacia arriba, hace renunciar a aceptar la fatiga de todos los días.

El tiempo favorable

"El Señor -dice el Papa- no os pedirá realizar grandes hazañas, sino el esfuerzo cotidiano de contribuir día a día a la construcción de vuestra patria por medio de una competente preparación profesional, del cumplimiento generoso de un trabajo realizado de cara a los demás, sin dejarse llevar por la flojera, sirviendo al hermano en las mil pequeñas oportunidades de cada día".

Y a los jóvenes de Chile, reunidos en el estadio nacional de Santiago, el Papa les dirige estas palabras: "Vuestra mirada atenta al mundo y a las realidades sociales, así como vuestro genuino sentido crítico que os ha de llevar a analizar y valorar juiciosamente las condiciones actuales de vuestro país, no pueden agotarse en la simple denuncia de los males existentes. En vuestra mente joven han de nacer, y también ir tomando forma, propuestas de soluciones, incluso audaces, no solo compatibles con vuestra fe, sino también exigidas por ella".

Para alcanzar este fin, el Papa invita a no perder tiempo, a no dejar pasar el tiempo favorable y a utilizar bien las energías, hasta las más ocultas.

"Si penetráis en vuestro interior descubriréis sin duda defectos, anhelos de bien no satisfechos, pecados, pero igualmente veréis que duermen en vuestra intimidad fuerzas no actuadas, virtudes no suficientemente ejercitadas, capacidades de reacción no agotadas. ¡Cuántas energías hay como escondidas en el alma de un joven o de una joven! ¡Cuántas aspiraciones justas y profundos anhelos que es necesario despertar, sacar a la luz!". Y dirigiéndose a los jóvenes bolivianos les dice: "Aprovechad muy bien los años de la juventud para formaros seriamente y en profundidad. De esta manera os preparáis para ser los hombres y mujeres del futuro, responsables y activos en las estructuras sociales, económicas, culturales, políticas y eclesiales de vuestro país que, informadas por el espíritu de Cristo y por vuestro ingenio en conseguir soluciones originales, permitan alcanzar un desarrollo cada vez más humano y más cristiano".

En su análisis Juan Pablo II encuentra, en el pecado personal de cada uno, la causa de un conjunto de "mecanismos perversos" y de "estructuras de pecado", que producen continuamente "tantas situaciones de injusticia y de opresión, de desprecio de los derechos fundamentales de la persona. Desigualdades sin justificación posible desde el punto de vista cristiano y ni siquiera desde el humano". De aquí se especifica la necesidad de "ver las implicaciones sociales del pecado para edificar un mundo digno del hombre. Hay males sociales que dan pie a una verdadera ‘comunión del pecado' porque, junto con el alma, abajan consigo a la Iglesia y en cierto modo al mundo entero".

La consecuencia, entonces, resulta evidente. Si en el origen del pecado social hay siempre un pecado personal que nos hace partícipes de una comunión de pecado y, a su vez, esta comunión de pecado engendra los malos mecanismos que producen injusticias, opresiones, desprecio de los derechos fundamentales de la persona, entonces, para cortar de raíz el mal, tenemos que emprender una lucha sin descanso contra el pecado en todas sus manifestaciones. Para esta lucha, "con plena conciencia de una responsabilidad irrenunciable", el Papa invita desde el estadio nacional de Santiago de Chile, "lugar de competiciones, pero también de dolor y sufrimiento en épocas pasadas", diciendo: "Luchad con denuedo contra el pecado, contra las fuerzas del mal en todas sus formas, luchad contra el pecado. Combatid el buen combate de la fe por la dignidad del hombre, por la dignidad del amor, por una vida noble, de hijos de Dios".

Tomar el sendero de Emaús, es decir, huir de la responsabilidad del compromiso personal, significa hacerse esclavos de las cosas, cayendo en un materialismo que deja insatisfechas las profundas aspiraciones de la persona; quiere decir adorar los falsos ídolos, inertes, que nada saben de las inquietudes del hombre.

Según las palabras de Juan Pablo II, ser joven significa, sobre todo, ser capaz de soñar y, consecuentemente, de querer transformar el sueño en maravillosa realidad, y los momentos propios que caracterizan al joven son: el sueño, la maravilla, el compromiso para transformar lo que existe en una maravillosa realidad.

"La felicidad se alcanza desde el sacrificio -recuerda Juan Pablo II a los jóvenes de Cuba-. No busquen fuera lo que pueden encontrar dentro. No esperen de los otros lo que ustedes son capaces y están llamados a ser y a hacer. No dejen para mañana el construir una sociedad nueva, donde los sueños más nobles no se frustren y donde ustedes puedan ser los protagonistas de su historia".

Formular la pregunta sobre el sentido de la vida

El verdadero problema, el problema por excelencia, el problema humanamente insoluble, no consiste en indicar el camino que ofrece una respuesta al sueño, sino más bien en despertar el deseo, formular la pregunta, hacer que nazca el sueño. Este sueño, en efecto, pertenece solamente a Dios, que imprimió en la misma constitución ontológica de la naturaleza humana el deseo del amor.

"La apertura a Dios, la relación con Él -afirma el Papa dirigiéndose a los jóvenes reunidos en Caracas- está como grabada en lo más íntimo de vuestro ser. De ahí que la religiosidad no sea un añadido a vuestra estructura humana, sino la primera dimensión de vuestra identidad".

Esto se debe al hecho de que el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, en su mismo ser lleva la respuesta a la pregunta sobre el sentido de la vida y está llamado a un destino eterno.

Recordamos, a este propósito, la expresión de san Basilio en su Regla Monástica, que afirma que no es posible aprender desde fuera el amoroso deseo de Dios, sino que, junto con el nacimiento del ser humano, está puesta en nosotros una cierta razón germinal que incluye los presupuestos naturales del amor[5].

Este amor no proviene de una disciplina externa, este amor no se puede enseñar.

A esta verdad profunda, que constituye una clave antropológica de interpretación de la condición del hombre, se remonta el magisterio de Juan Pablo II. En efecto, recordando la expresión de san Agustín: "Nos has creado, Señor, para ti y nuestro corazón quedará inquieto hasta que descanse en ti", el Papa exclama: "Esta es la gran verdad que da sentido a la vida -o al contrario el gran drama si se rechaza-. ¡Cuántos jóvenes buscan desesperadamente la felicidad sin darse cuenta de que el único que de veras puede saciar el corazón del hombre y de la mujer es Dios! ¡Cuántos esfuerzos inútiles, cuántas desilusiones, cuántos fracasos, por haber puesto la confianza y el centro de la vida fuera de Dios!".

Y con fuerza grita a los jóvenes de Bogotá: "Solo Dios es capaz de saciar la sed de vuestros corazones... ¡Nada es digno de adoración fuera de Dios, nada es absoluto fuera de Él!... ¡No os entreguéis a los ídolos modernos!... Ni la riqueza, ni los placeres, ni la ciencia, ni la tecnología, ni la fama, ni el prestigio, ni las utopías políticas pueden convertirse en valor supremo".

Optar por Jesús significa rechazar las idolatrías del mundo, los ídolos que buscan seducir a la juventud.

El Papa había afirmado lo mismo, hablando a los jóvenes del Perú: "Solo en Cristo está la respuesta a las ansias más profundas de vuestro corazón, a la plenitud de todas vuestras aspiraciones; solo en el Evangelio de las bienaventuranzas encontraréis el sentido de la vida y la luz plena sobre la dignidad y el misterio del hombre". Y en un viaje siguiente, dirigiéndose una vez más a los jóvenes peruanos, decía: "¡Cristo, su mensaje de amor es la respuesta a los males de nuestro tiempo! Él es quien libera al hombre de las cadenas del pecado para reconciliarlo con el Padre. Solo Él es capaz de saciar esa nostalgia de infinito que anida en lo profundo de vuestro corazón. Solo Él puede colmar la sed de felicidad que lleváis dentro. Porque Él es el camino, la verdad y la vida. En Él están las respuestas a los interrogantes más profundos y angustiosos de todo hombre y de la historia misma... No busquéis en otros lugares lo que solo Cristo puede dar. Vuestra sed de Dios no puede ser saciada por sucedáneos".

Pero la opción por Jesús, para que no sea una piadosa abstracción, intención no realizada, intimismo sin eficacia, necesita un lugar histórico donde ubicarse. Este lugar es la Iglesia. El Papa lo afirma con claridad hablando a los jóvenes de Venezuela: "¡Qué gran cauce, queridos jóvenes, para el desarrollo de vuestra personalidad podéis encontrar en la Iglesia! En ella tenéis la palabra orientadora de Dios que da sentido a vuestra vida; la acción de Cristo que hermana a todos los hombres, haciéndolos hijos del Padre común; la fuerza impulsora para vuestras energías creadoras de un mundo nuevo, justo y fraternal. Por eso, la Iglesia se propone también como centro impulsor de justicia, de verdad, de lucha contra el pecado en todas sus formas. Ella quiere guiar hacia una sociedad más justa mediante las normas que da en su enseñanza social. Una enseñanza que vosotros, jóvenes, debéis estudiar para empeñaros en llevar a la práctica".

Presencia cristiana visible

"Vivir la vida que Cristo ha conquistado para nosotros con su muerte y su resurrección, es incorporarse a la gran familia de los salvados por Él; es ser parte del Pueblo de Dios; es ser Iglesia".

De esto proviene la invitación a los jóvenes para que no vivan aislados y, para ser más eficaces, se inserten en los movimientos apostólicos. "En ellos -afirma Juan Pablo II- encontraréis un modo concreto de ser y hacer Iglesia, una escuela para vuestra formación, un impulso para vuestra entrega creadora de espíritu nuevo, un modo de realizar vuestra vida como comunión y participación".

"Sea bien visible vuestra identidad cristiana a través de la presencia, el servicio, la comunión, la colaboración dentro de vuestras comunidades eclesiales, en las parroquias, en las veredas, en los grupos y movimientos apostólicos, para que sea también visible la presencia de Cristo en medio de los jóvenes".

Frente a una Iglesia que, mientras peregrina sobre la tierra, está sometida a la debilidad del pecado de sus propios hijos, inmediatamente el Papa pregunta: "Pero, ¿qué hacéis vosotros mismos para que brille mejor la luz de Cristo en el rostro de su Iglesia?".

La confianza profunda en la "nostalgia del infinito que se esconde en los corazones de los jóvenes" había llevado a Juan Pablo II, ya desde su primer viaje a América Latina, a dirigir una insistente invitación a los seminaristas mexicanos: "No recortéis la visión vertical de la vida ni rebajéis las exigencias que la opción por Cristo impone. Si proponemos ideales desvirtuados, son los jóvenes los primeros en no quererlos, porque desean algo que valga la pena, que sea ideal digno de una existencia. Aunque cueste".

El quehacer, según el análisis de Juan Pablo II, implica un ser santos, para que la Iglesia sea santa con nuestra conversión y con nuestro testimonio, y un ser críticos, pero sobre todo con ese amor y esa coherencia propios de los hijos que aman de verdad a su Madre.

Este amor filial nos hace responsables de la misión que Jesús mismo confió a su Iglesia, "misión evangelizadora que se proyecta hacia la vida de los hombres en todas sus dimensiones, ya que el amor que impulsa a la Iglesia a comunicar a todos la participación en la vida divina mediante la gracia, le hace también alcanzar por la acción eficaz de sus miembros el verdadero bien temporal de los hombres, atender a sus necesidades, proveer a su cultura y promover una liberación integral de todo lo que impide el desarrollo de las personas". En esta misión evangelizadora confiada a los jóvenes, el Papa recuerda el lugar especial que ocupa la paz: "Que la paz y los jóvenes caminen siempre juntos ... paz social en la justicia, en la igualdad, en el amor que vence toda violencia y recompone todas las cosas según el designio de Dios".

El sueño que hay que transformar en maravillosa realidad es verdaderamente grande y difícil. Pero es el único sueño que vale la pena vivir a lo largo de toda la vida, para "ser de verdad felices: la identificación con Cristo" para aprender a ser Cristo mismo, identificándose con Él en todo.

El sueño consiste en tener "un deseo ardiente y una gran valentía para proclamar a Cristo, para anunciarlo... en la sociedad".

En México, el Papa pronuncia su gran mensaje: "En esta hora decisiva de la historia, vosotros, queridos amigos y amigas, estáis llamados a ser protagonistas de la nueva evangelización, para construir en Cristo una sociedad justa, libre y reconciliada". "En vuestras manos está el futuro: un futuro en el que la civilización del egoísmo, sin ceder a la tentación del odio o de la violencia, deje el lugar a la civilización del amor".

El encuentro personal con Cristo no puede realizarse en la escucha cansada de palabras y discursos sin contenido, que no corresponden a ninguna realización. El mundo necesita un testimonio de vida.

La identificación con Cristo, el ser Cristo mismo, a lo que el Papa invita a los jóvenes, es el principio transformador del hombre que llevará a Juan Pablo II a decir: "Seréis verdaderos testigos cuando vuestra vida se transforme en interrogante para los que os contemplen: ¿por qué actúa así este joven? ¿por qué se le ve tan feliz? ¿por qué procede con tanta seguridad y libertad? Si vivís así, obligaréis a los demás a confesar que Cristo está vivo y presente. Seréis testimonio y prueba de que aceptar a Cristo como camino, verdad y vida llena las más altas aspiraciones del corazón".

El sueño se transforma en maravillosa realidad cuando el hombre encuentra a Cristo y se identifica con Él. Porque "Él es la esperanza de los pueblos, porque su doctrina es la única capaz de transformar los corazones y las estructuras; la única que puede liberar a los oprimidos y desencadenar una auténtica revolución de amor a nivel planetario".

Buscar soluciones reales

La liberación de los oprimidos es un tema de particular importancia en el continente latinoamericano. Sobre este tema, que se ubica en el interior de la misión evangelizadora de la Iglesia, vuelve continuamente Juan Pablo II en sus mensajes a los jóvenes de América Latina.

 Ya desde su primerísimo discurso, dirigido a los estudiantes de Ciudad de México el 30 de enero de 1979, el Papa subraya el compromiso con relación al grave problema del analfabetismo o semianalfabetismo: "En uno de los momentos decisivos para el futuro de América Latina, hago un fuerte llamado en nombre de Cristo a todos los hombres y, de modo particular, a vosotros los jóvenes, para que prestéis hoy y mañana vuestra ayuda, servicio y colaboración en esta tarea de escolarización... para que, con su aportación favorezcan la alfabetización y culturización, con una visión integral del hombre".

También en el discurso a los niños bolivianos del 12 de mayo de 1988, el Papa volverá sobre el "desafío de la escolarización especialmente de los niños... porque todo lo que favorece la alfabetización y la educación de base, que la profundice y complete, es una contribución directa al verdadero desarrollo".

Después de haber recordado en el discurso a los jóvenes peruanos "la opción preferencial, no exclusiva ni excluyente, por los pobres -opción ya hecha por el Episcopado Latinoamericano en Medellín y Puebla"- Juan Pablo II, en su discurso en Buenos Aires, así se dirige a los jóvenes: "¡Agrandad vuestro corazón! Sentid las necesidades de todos los hombres, especialmente de los más indigentes; tened ante vuestros ojos todas las formas de miseria -material y espiritual- que padecen vuestros países y la humanidad entera; y dedicaos luego a buscar y poner por obra soluciones reales, solidarias, radicales, a todos esos males".

La opción preferencial por los pobres encuentra su razón más profunda, también en la lucha para la transformación del sueño en maravillosa realidad, porque la búsqueda de la felicidad es a la vez búsqueda de su propio ser, del sentido de la vida. "Para el hombre, y especialmente para el joven, es esencial conocerse a sí mismo, saber cuál es su valor, su verdadero valor, cuál es el significado de su existencia, de su vida, saber cuál es su vocación".

A los jóvenes del Paraguay el Papa recuerda que no hay que buscar la felicidad "en el placer, en la posesión de bienes materiales, en el afán de dominio. Se es feliz por lo que se es, no por lo que se tiene: la felicidad está en el corazón, está en amar, está en darse por el bien de los demás sin esperar nada a cambio". Y será exactamente a partir de una "filosofía del ser más que del tener en todas las áreas de la actividad" que Juan Pablo II fundamentará el amor preferencial por los pobres y el "compromiso inteligente para buscar esos cambios estructurales en la sociedad que pueden asegurar unas condiciones de vida dignas de la persona humana". Estamos llamados, en efecto, a valorar a la persona, incluida la propia, "no por lo que esa persona tiene, sino por lo que él o ella es: ¡una realización única del amor creador de Dios, el sujeto de una dignidad inalienable y de unos derechos humanos inalienables! Ninguna situación o circunstancia de pobreza o abandono pueden destruir esa dignidad".

Esto hace que "toda la sociedad sea más sensible a las necesidades peculiares de los pobres y de los débiles, incluidos los más débiles de los débiles: los no nacidos".

Esta filosofía del ser y no del tener exige un profundo cambio de vida. Todos estamos llamados, pobres y ricos, a "una seria decisión de austeridad y sencillez. En otras palabras: es indispensable saber vencer la tentación de la llamada sociedad de consumo, de la ambición de tener siempre más en vez de procurar ser siempre más, de la ambición de tener siempre más mientras otros tienen siempre menos. Creo que aquí, en la vida de cada joven, adquiere fuerza y sentido concretos y actuales la bienaventuranza de la pobreza de espíritu; en el joven rico, para que aprenda que lo que a él le sobra casi siempre le falta a los demás y para que no se retire triste (cf. Mt 19, 22) cuando oiga en el fondo de su conciencia la llamada del Señor para que lo abandone todo; en el joven que vive la dura contingencia de la incertidumbre respecto al día de mañana y hasta pasa hambre, para que, buscando la legítima mejora de condiciones para sí y para los suyos, sea atraído por la dignidad humana, pero no por la ambición, por la ganancia, por la fascinación de lo superfluo".

Empeño de conversión para todos

El anuncio de la bienaventuranza de la pobreza de espíritu, unida a una profundización de la filosofía del ser en oposición a una filosofía del tener, tiene que ser un anuncio y un compromiso al que todos deben sentirse llamados: ricos y pobres en sentido sociológico. El olvido de este anuncio o su unidireccionalidad deja las cosas como están, no modifica las estructuras de pecado y los perversos mecanismos del mal, no ataca el problema en su raíz última, donde se anida el pecado personal.

Un anuncio unidireccional ofende a la persona de los pobres, no los llama a ser protagonistas de la historia, no los hace conscientes de la importancia que tienen, los ilusiona con soluciones que reducen cada vez más su responsabilidad, porque no especifica que ellos también están llamados a una conversión, a un cambio de mentalidad y de conducta.

No se trata de sustituir una clase social con otra; no se trata de llevar a la conquista del tener a unos en lugar de otros o, a lo mejor, dividir entre todos más equitativamente el tener. El problema hay que encararlo de raíz. Es un problema de ser y no de tener. Es problema de luchar por la dignidad del hombre y no por ambición, codicia o deseo de lo superfluo.

Hasta cuando no se incida en todos los niveles esta mentalidad de base, hasta cuando no se realice un cambio radical en el concepto que se tiene de la vida, fundándola en la afirmación del ser y no del tener, todos nosotros nos quedaremos encerrados en un mismo e idéntico juego de mecanismos perversos y de estructuras de pecado. Cambiarán únicamente los que detentan el poder y las formas de opresión. Esto es también lo que la historia nos ha enseñado cuando se ha buscado el camino fácil de la violencia y de la conquista del poder, en la ilusión de poder así crear nuevos cielos, nuevas tierras y al hombre nuevo.

Si revolución no quiere decir vuelta al punto de partida para retomar, quizás, el rumbo ya conocido, siempre el mismo, sino que es la ruptura radical de un rumbo antiguo y el comienzo de un rumbo cualitativamente nuevo[6], entonces, con toda razón y todo derecho, el Papa puede invitar a los jóvenes a "desencadenar una auténtica revolución de amor a nivel planetario". Solamente este encuentro personal con Cristo, en efecto, hace descubrir al joven quién es él e infunde, si no nos alejamos tomando el camino de Emaús, aquellas energías que dan vida y destruyen el pecado personal y la comunión de pecado, y dejan que irrumpa en la historia de los hombres el soplo del Espíritu que hace nuevas todas las cosas.

Es un camino lento que no escapa de lo cotidiano; es un camino sufrido porque exige la participación en el compromiso hasta la cruz. Pero es también el único camino seguro que no desilusiona, y es el único también que llama a todos sin exclusión de nadie, porque ninguna situación o condición de pobreza o de abandono podrá anular la dignidad del hombre llamado a ser colaborador de Dios.

Sobre la base de la filosofía del ser y no del tener, hemos considerado cómo para Juan Pablo II es esencial para el joven "conocerse a sí mismo, el significado de su existencia, su vocación".

En Quito (Ecuador) el Papa recuerda a todos que "Cristo os enseña el verdadero amor, abriéndoos la dimensión de la eternidad. Él os muestra el misterio de la vocación cristiana".

Llamados a vivir la belleza del amor

En el discurso a los jóvenes del Paraguay en Asunción, el Papa plantea el problema de la vocación cristiana. Ante todo, el Papa les dice que la juventud "es un momento propicio de la vida en el que comienza a manifestarse un aspecto muy particular y profundo del amor: el amor que nace entre el hombre y la mujer... Un gran acontecimiento, un tema central de la vida, lleno de belleza, de promesas y, al mismo tiempo, de trascendencia y responsabilidad. Un modo singular, querido por Dios, para amarlo, para concretar el amor al prójimo y para construir su Reino en este mundo". Pero esta vocación no es la única. En el interior de la común vocación de todos a ser "generosos en la construcción de la civilización del amor", cada uno está llamado a seguir su propia vocación. Y entonces es necesario pedir a Dios la generosidad para poder decir que sí y ser fieles en el camino que Él quiera indicar: como sacerdote, como religioso o religiosa, o como laico, para ser sal y luz en el trabajo, en la familia, en todo el mundo.

"¡Qué importante -afirma el Papa- es educar a los jóvenes y a las jóvenes para el amor hermoso...: en el matrimonio cristiano, camino real para la realización humana y santificación de la mayoría de las mujeres y hombres; y también, cuando Cristo llama, en la entrega radical exigida por la vocación sacerdotal o religiosa!".

El Santo Padre dice primero a todos los jóvenes: "Dios os pide la valentía de un testimonio cristiano firme ante las presiones que os rodean; os pide la valentía de una palabra llena de convicción que nazca de la fe experimentada y vivida. A algunos, o mejor, a muchos, Dios les pide más:... la generosidad de dejarlo todo, como los Apóstoles, y seguirlo"; luego, hace la pregunta a cada uno: "¿Por qué no tú?". "¿Habéis pensado que quizá Cristo puede estar llamando a algunos de vosotros para ese servicio, alto, difícil, pero que vale la pena?".

"Desde toda la eternidad toda vocación está inscrita, por decirlo así, en el propio corazón del Señor".

En Asunción, comentando el relato evangélico del joven rico, Juan Pablo II se dirige a los jóvenes del Paraguay con estas palabras: "Vemos que el joven, tras afirmar que ha guardado todos los mandamientos, añade: ‘¿Qué me falta?'. Aquel corazón joven, movido por la gracia de Dios, siente un deseo de más generosidad, de más entrega, de más amor. Un más que es propio de la juventud; porque un corazón enamorado no calcula, no regatea, quiere darse sin medida. ‘Jesús, fijando en él su mirada, lo amó y le dijo: Una cosa te falta; vete, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme'... Aquel joven tenía muchos bienes. Tenía, sobre todo, una juventud que ofrecer: una vida entera que podía entregar al Señor... Optó por su propio egoísmo y encontró la tristeza".

Pero si aquel joven encontró la tristeza, el Papa ya desde su primer viaje a América Latina puede decir: "Me siento feliz de veros aquí a vosotros, jóvenes rebosantes de alegría por haber dicho que sí a la invitación del Señor, a servirlo con cuerpo y alma en su Iglesia".

Es importante que cada uno descubra su propia vocación, que cada uno diga su sí a su llamada. Pero, para todos sin ninguna excepción, la educación y la llamada común consisten en vivir el amor hermoso.

Todos somos llamados a aprender de Cristo el amor superior, el amor sacrificado que sabe entregarse, el amor hermoso. "El que nos muestra María, la Madre del Amor Hermoso, la Mater Pulchrae Dilectionis".

Emilio Grasso

* Este artículo ha sido publicado en E. Grasso, La Vida es la realización de un Sueño de Juventud. El Papa habla a los jóvenes de América Latina, Centro de Estudios Redemptor hominis (Cuadernos de Pastoral 10), San Lorenzo (Paraguay) 2008.

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Discursos de Juan Pablo II a los que se ha hecho referencia en el presente artículo[7]

Juan Pablo II, Ciudad de México (México): A los estudiantes (30 de enero de 1979), en Insegnamenti, II, 262-266.

Juan Pablo II, Guadalajara (México): A los seminaristas (30 de enero de 1979), en Insegnamenti, II, 297-301.

Juan Pablo II, Belo Horizonte (Brasil): Homilía de la Misa para los jóvenes y los estudiantes (1 de julio de 1980), en Insegnamenti, III/2, 5-10.

Juan Pablo II, Costa Rica: A los jóvenes (3 de marzo de 1983), en Insegnamenti, VI/1, 550-555.

Juan Pablo II, Caracas (Venezuela): En un clima de júbilo el encuentro en el estadio olímpico (28 de enero de 1985), en Insegnamenti, VIII/1, 228-234.

Juan Pablo II, Quito (Ecuador): En el encuentro con los jóvenes en el estadio olímpico "Atahualpa" (30 de enero de 1985), en Insegnamenti, VIII/1, 254-260.

Juan Pablo II, Lima (Perú): En el hipódromo de Monterrico (2 de febrero de 1985), en Insegnamenti, VIII/1, 356-365.

Juan Pablo II, Santa Fe de Bogotá (Colombia): A la juventud en el estadio "Nemesio Camacho" (2 de julio de 1986), en Insegnamenti, IX/2, 73-81.

Juan Pablo II, Cali (Colombia): A los niños (4 de julio de 1986), en Insegnamenti, IX/2, 131-133.

Juan Pablo II, Santiago (Chile): Con los jóvenes en el estadio nacional. Lugar de competición pero también de dolor (2 de abril de 1987), en Insegnamenti, X/1, 969-978.

Juan Pablo II, Buenos Aires (Argentina): El encuentro con los jóvenes reunidos por la Jornada Mundial de la Juventud 1987 (11 de abril de 1987), en Insegnamenti, X/1, 1256-1265.

Juan Pablo II, Buenos Aires (Argentina): La solemne celebración de la "Jornada Mundial de la Juventud" (12 de abril de 1987), en Insegnamenti, X/1, 1269-1277.

Juan Pablo II, Cochabamba (Bolivia): El festivo encuentro con los jóvenes en el estadio "Capriles" (11 de mayo de 1988), en Insegnamenti, XI/2, 1313-1321.

Juan Pablo II, Tarija (Bolivia): El mensaje a los niños durante la celebración de la Palabra en el aeropuerto (13 de mayo de 1988), en Insegnamenti, XI/2, 1349-1355.

Juan Pablo II, Lima (Perú): El saludo a los jóvenes desde el balcón de la Nunciatura Apostólica (15 de mayo de 1988), en Insegnamenti, XI/2, 1459-1461.

Juan Pablo II, Asunción (Paraguay): Encuentro con los jóvenes en el campo "Ñu Guazú" (18 de mayo de 1988), en Insegnamenti, XI/2, 1557-1567.

Juan Pablo II, San Juan de los Lagos (México): La consigna a los jóvenes durante la Misa en "El Rosario" (8 de mayo de 1990), en Insegnamenti, XIII/1, 1160-1166.

Juan Pablo II, Willemstad (Antillas Holandesas): El mensaje a las nuevas generaciones (13 de mayo de 1990), en Insegnamenti, XIII/1, 1297-1304.

Juan Pablo II, Brasilia (Brasil): A los jóvenes alumnos del Seminario arquidiocesano dedicado a "Nuestra Señora de Fátima" (15 de octubre de 1991), en Insegnamenti, XIV/2, 868-875.

Juan Pablo II, Mato Grosso en Cuiabá (Brasil): A los jóvenes en el encuentro en el polideportivo de la Universidad Federal (16 de octubre de 1991), en Insegnamenti, XIV/2, 890-896.

Juan Pablo II, Salvador de Bahía (Brasil): Acongojado llamado durante el encuentro en "Baixa do Bonfim" de Salvador con más de 30.000 niños representantes de la infancia de todo el país (20 de octubre de 1991), en Insegnamenti, XIV/2, 951-955.

Juan Pablo II, San Salvador (El Salvador): El saludo a los agentes de la pastoral y a los jóvenes reunidos en la explanada frente a la catedral (8 de febrero de 1996), en Insegnamenti, XIX/1, 271-274.

Juan Pablo II, Caracas (Venezuela): El discurso durante el encuentro con los jóvenes en la "Avenida los Próceres" (11 de febrero de 1996), en Insegnamenti, XIX/1, 311-315.

Juan Pablo II, Camagüey (Cuba): La homilía durante la concelebración eucarística por las jóvenes generaciones en la Plaza Ignacio Agromonte (23 de enero de 1998), en Insegnamenti, XXI/1, 169-174.

Juan Pablo II, Camagüey (Cuba): El mensaje encomendado a las jóvenes generaciones cubanas (23 de enero de 1998), en Insegnamenti, XXI/1, 175-182.

Juan Pablo II, Ciudad de México (México): El estupendo y excepcional encuentro de cuatro generaciones en el estadio "Azteca" (25 de enero de 1999), en Insegnamenti, XXII/1, 240-247.



[4] Cf. A. Oepke, Onar, en Grande Lessico del Nuovo Testamento. A cargo de G. Kittel - G. Friedrich, VIII, Paideia, Brescia 1972, 664-665.
[5] Cf. Basilio di Cesarea, Regole ampie, en Basilio di Cesarea, Opere ascetiche. A cargo de U. Neri, UTET, Torino 1980, 224.
[6] Cf. R. Gervais, Révolution [pol.], en Encyclopédie Philosophique Universelle, II/2. Les Notions Philosophiques. Dictionnaire, PUF, Paris 1990, 2269.
[7] Los discursos han sido extraídos de Insegnamenti di Giovanni Paolo II, I-XXVIII, Libreria Editrice Vaticana 1979-2006, y serán indicados con Insegnamenti.

01/05/2011

 
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