No tomarás el nombre de Dios en vano[*]
En un muro de una ciudad italiana ha aparecido uno de los muchos eslóganes típicos de cierto fundamentalismo cristiano, tan característico de quien pretenda convertir a los demás con frases hechas y sin sentido. Diría también con frases ofensivas para la inteligencia humana y, al mismo tiempo, propias de un infantilismo tonto y carente del esfuerzo para una evangelización en profundidad que, hoy más que nunca, requiere aquella caridad intelectual y aquella pastoral de la inteligencia sin las cuales no se llega más allá de una caricatura del mensaje evangélico.
Y no hay que quejarse demasiado, si también el antiguo clericalismo va desapareciendo lentamente, y estamos considerados todavía solamente por aquellos residuos de poder que todavía mantenemos en algunos estratos de la sociedad.
La frase tonta, que también yo he leído varias veces en diferentes calles, es la siguiente: "Dios es la respuesta".
Omito una interpretación del segundo mandamiento, limitándome a lo que escribe el Catecismo de la Iglesia Católica: "El segundo mandamiento prohíbe abusar del nombre de Dios, es decir, todo uso inconveniente del nombre de Dios, de Jesucristo, de la Virgen María y de todos los santos" (n.° 2146).
Una vez más en el mismo texto, en el n.° 2149, encontramos transcrita esta linda cita de san Agustín, sobre la cual estamos llamados a detenernos: "El nombre de Dios es grande allí donde se pronuncia con el respeto debido a su grandeza y a su Majestad. El nombre de Dios es santo allí donde se lo nombra con veneración y temor de ofenderle".
Una vez dicho esto, me parece interesante lo que una mano inteligente ha escrito bajo la primera afirmación: "Pero, ¿quién ha hecho la pregunta? y ¿a cuál pregunta contesta?".
Ahora bien, el simple indicar a Dios como respuesta supone una pregunta por parte del hombre.
Una evangelización inteligente se interroga sobre las reales preguntas del hombre de hoy: ¿cuáles son? Y, con respecto a estas preguntas, el Dios de Jesucristo - y no el ídolo creado por mano del hombre - ¿es una respuesta o una desilusión?
Si no queremos reducir el Santo nombre de Dios a la proyección de nuestros deseos, al opio consolador de los pueblos o al tapagujeros que enhebramos mágicamente por todas partes, debemos tener el coraje de proclamar que, en la mayoría de los casos, Dios no es absolutamente la respuesta que estábamos buscando, sino solo una inútil hipótesis, de la que cuanto más pronto nos libremos, mejor.
Cristo crucificado: escándalo y locura
El Dios de Jesucristo camina por senderos que no son los nuestros. Somos nosotros los que debemos convertirnos a Él, y no Él, quien es la respuesta a nuestros problemas.
La liturgia de la Navidad nos habla de un Dios que nace en un pesebre, porque para José y María no hay lugar donde alojarse (cf. Lc 2, 7). Serán algunos pastores, que pernoctaban al aire libre, los primeros en ver este acontecimiento (cf. Lc 2, 8-16).
Y, según la profecía de Miqueas, Belén Efrata, "aunque eras la más pequeña entre todos los pueblos de Judá" (Mi 5, 1), será el lugar de donde saldrá el pastor del pueblo de Dios (cf. Mt 2, 6).
Toda la atmósfera que envuelve el nacimiento del Señor Jesús está en contradicción con la respuesta que querríamos que fuera dada a nuestras preguntas: una respuesta que el mundo no ha reconocido (cf. Jn 1, 10), porque el Señor Jesús "vino a su propia casa, y los suyos no lo recibieron" (Jn 1, 11).
La encarnación del Verbo ya prefigura la pasión y muerte del Verbo encarnado, la subversión de nuestros proyectos, el cambio del paradigma.
La salvación no proviene sencillamente de la encarnación del Verbo y de su presencia entre nosotros (el gran teólogo Henri de Lubac hablaba, acerca de esto, de un cristianismo arriano), sino del Cristo crucificado.
Escribe san Pablo en su Primera carta a los Corintios: "Mientras los Judíos piden milagros y los griegos buscan el saber, nosotros proclamamos a un Mesías crucificado: para los judíos ¡qué escándalo! Y para los griegos ¡qué locura! Pero para los que Dios ha llamado, judíos o griegos, este Mesías es fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Pues las locuras de Dios tienen más sabiduría que los hombres, y la debilidad de Dios es más fuerte que los hombres. Fíjense, hermanos, en su propia condición: ¿cuántos de ustedes tienen el saber humano o son de familias nobles e influyentes? Dios ha elegido lo que el mundo considera necio para avergonzar a los sabios, y ha tomado lo que es débil en este mundo para confundir lo que es fuerte. Dios ha elegido lo que es común y despreciado en este mundo, lo que es nada, para reducir a la nada lo que es. Y así ningún mortal podrá alabarse a sí mismo ante Dios" (1Co 1, 22-29).
Es un paradigma de espera el que debemos cambiar. A nuestra continua y morbosa solicitud de señales y sabiduría, Dios contesta con el escándalo y la necedad del Cristo crucificado, ya anunciado en su nacimiento en un pesebre.
Si no tenemos la capacidad de suscitar las verdaderas preguntas (y esto pertenece a una pastoral de la inteligencia), nosotros corremos peligro de presentar a Dios como una respuesta que engaña y que es, al mismo tiempo, inútil y tonta.
Los pasdarán de Jesús, los fundamentalistas cristianos, son solo capaces de echar en el ridículo la verdadera fe católica, que es totalmente otra cosa que un eslogan escrito sobre una camiseta o una inscripción idiota que ensucia los muros de la ciudad.
Emilio Grasso
[*] Este artículo, escrito en el contexto de Italia, es la traducción del original italiano.
19/01/2010
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