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PARA UNA COMPRENSIÓN GLOBAL DEL FENÓMENO DE LOS NUEVOS MOVIMIENTOS RELIGIOSOS* (1)



En el n.º 100. f) del documento de Aparecida, se lee: "Un número significativo de católicos está abandonando la Iglesia para pasarse a otros grupos religiosos".

Más adelante, en el n.º 185, la expresión "sectas y otros grupos religiosos" se utiliza para indicar uno de "los desafíos que el mundo de hoy le presenta a la Iglesia de Jesús".

En el n.º 225 se habla, en cambio, de "grupos no católicos" y se indican, en el n.º 226, cuatro ejes para reforzar a nuestra Iglesia, a fin de que dé respuesta a este desafío.

Vuelve otra vez la expresión "nuevos grupos religiosos" en el n.º 232, donde se subraya: "En nuestro contexto, el surgimiento de nuevos grupos religiosos, más la tendencia a confundir el ecumenismo con el diálogo interreligioso, han obstaculizado el logro de mayores frutos en el diálogo ecuménico".

Ahora bien, para no caer en una banalización o en una aproximación superficial del fenómeno, me parece importante una introducción científica del fenómeno mismo en general, para poder estudiarlo, después, en un contexto concreto.
 

 

La cuestión terminológica

El querer comprender una definición terminológica es una acción provechosa, no es una cuestión abstracta, al contrario, reviste una gran importancia para todos los que por diferentes razones, se sientan llamados a acercarse a este fenómeno.

Massimo Introvigne, Director del Centro de Estudios sobre las Nuevas Religiones y uno de los máximos expertos en este tema, plantea correctamente el problema de la definición terminológica en un artículo publicado en Studia Missionalia, revista de la Universidad Gregoriana. En este campo, en efecto, la gente se mueve con una cierta desenvoltura, utilizando sin distinción términos que tienen significados diferentes, según el contexto donde se utilicen.

"Sectas", "cultos", "pseudoreligiones" o "nuevas religiones" son términos que, de hecho, pertenecen a una pluralidad de lenguajes; es necesario distinguir, en cada caso, si nos encontramos en el ámbito de la historia, de la sociología, de la psicología social, de la fenomenología de las religiones, de la teología[1].

Estos términos contienen ya en sí mismos un elemento de juicio. Es necesario, por tanto, prestar mucha atención al uso genérico de las palabras, que se debe someter a un atento análisis semántico. Muchas veces, el uso de etiquetas "sirve solamente para oscurecer la complejidad de los problemas que pueden surgir, y puede también hacer nacer otros problemas"[2].

A este propósito, observa Jean Séguy que las sociedades sienten como algo insoportable ciertas reivindicaciones de autonomía (de juicio, de actitudes, de conducta, etc.; la lista puede variar según las culturas y las coyunturas). La amenaza que se advierte en tales casos - amenaza construida siempre a través de una conciencia colectiva - se traduce en medidas de protección; de ello deriva, entre otras cosas, una "marca" social, fruto también de un uso lingüístico común. Se puede constatar que no existe un lenguaje "inocente", incluso cuando pretende ser espontáneo. Esta incapacidad colectiva e individual que no soporta conductas, opiniones y actitudes diferentes, hace que el lenguaje común utilice términos o etiquetas despectivas como, por ejemplo, la palabra "secta"[3].

Los términos "iglesia" y "secta", se utilizan en el lenguaje eclesiástico y teológico en sentido normativo. En un principio el vocablo "secta" ha sido utilizado solo en campo religioso y con un sentido peyorativo, sin un contenido preciso. Ha sido utilizado, a menudo, para designar tanto un pequeño grupo que se ha separado de otro más grande (de aquí el origen etimológico del verbo latín secare, cortar), como el conjunto de los discípulos de un maestro hereje (sequi, secutus, seguir). En estos dos casos, nos encontramos ante designaciones cargadas de normatividad y de desprecio. El término "iglesia", en cambio, está cargado de valor en el uso común. Es por ello por lo que cada secta (en sentido sociológico) se considera Iglesia (en sentido teológico) y tacha de secta (en sentido vulgar) a las iglesias que no responden a su ideal[4].

Constatamos esto, por ejemplo, en la definición que da el Dictionnaire de Droit Canonique, donde desde el inicio se dice que el término designa las sociedades o los grupos humanos que ejercitan su actividad contra la Iglesia o contra la sociedad civil[5].

También para el Dictionarium Morale et Canonicum, dirigido por el Card. Palazzini, la noción de secta puede incluir en su comprensión general tanto el concepto de herejía como el de cisma[6].

Emilio Grasso

(continúa)



* Pubblicado en "Omnis Terra" (sp.) 28 (1996) 244-250; "Omnis Terra" (it.) 15 (1997) 83-89; "Omnis Terra" (fr.) 35 (1996) 244-250; in "Omnis Terra" (ingl.) 30 (1996) 242-248; "Omnis Terra" (port.) 2 (1996) 203-209.

[1] Cf. M. Introvigne, Nel paese del punto esclamativo: "sette", "culti", "pseudo-religioni" o "nuove religioni"?, en "Studia Missionalia" 41 (1992) 1-3.
[2]
M. Introvigne, Nel paese..., 22.
[3]
Cf. J. Séguy, Sectes, en Encyclopédie du protestantisme, Paris-Genève 1995, 1427.
[4]
Cf. J. Séguy, Eglises et sectes, in Encyclopædia Universalis, VI, Paris 1985, 695.
[5]
Cf. R. Naz, Sectes, en Dictionnaire de Droit Canonique. Sous la direction de R. Naz, VII, Paris 1965, 905-906.
[6]
Cf. J. Carrol, Secta, en Dictionarium Morale et Canonicum. A cura di P. Palazzini, IV, Roma 1968, 252-253.

29/03/2010
 

 
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