POR LAS HUELLAS DE LOS SANTOS
Con este primer artículo queremos introducir una rúbrica, que se propone presentar a los beatos y los santos que, en el curso de los siglos, han evangelizado las tierras del norte de Europa, en particular Bélgica y Holanda, donde vivimos desde hace muchos años. Algunos de ellos han vivido en un tiempo más cerca de nosotros y, tal vez, son también más populares respeto a otros, de los cuales muchas veces se ignora incluso el nombre.
En nuestros días, en efecto, para la mayor parte de las personas del norte de Europa y también para nosotros los cristianos, los santos y los beatos han entrado en el así llamado "museo de las ceras", salvo para algunos de ellos, como, por ejemplo, el padre Damián de Veuster. Ellos ya no ocupan los primeros lugares en las clasificaciones de los nombres escogidos por los padres para sus hijos, porque ya no está de moda escoger el nombre de un santo, como modelo y protector de la propia vida. Hoy se prefiere el del cantante o de la actriz en boga, o simplemente se elige el que es más original o "suena bien".
Entonces, si los santos ya no están así de moda, ¿por qué querer volverlos a poner en primer plano? ¿Por qué proponer su vida, tan distante de la de nuestro tiempo, de nuestra sociedad y también de nuestro vivir la fe cristiana aquí y hora?
En primer lugar, porque la santidad es la vocación universal de todos los cristianos. El santo, cualquiera que sea él, tiene sentido para la Iglesia entera de todos los lugares y los tiempos, porque a través de él y por medio de su ejemplo, podemos ser ayudados a realizar el proyecto que Dios tiene para cada uno de nosotros. A través de la palabra y la vida de cada santo se vuelve visible un aspecto del misterio de Dios.
Además, la presencia de la santidad da a la palabra de la Iglesia la posibilidad de ser auténtica y eficaz, y puede ofrecer una respuesta al hombre de nuestro tiempo, que está a la búsqueda de la verdad y del sentido de la vida. La palabra es eficaz cuando es veraz; y es veraz cuando es también testimonio de una experiencia, de una realidad que se ha percibido, que se ha impuesto a nuestro espíritu. La confirmación de la veracidad del Evangelio, su interpretación más auténtica es la vida de los santos[1].
Cada santo es como el sacramento de una presencia de Cristo. El santo hace posible la presencia del Señor en cualquier tiempo y dondequiera. El Señor nos pide que lo hagamos presente hoy en la historia. Por lo tanto, que seamos santos.
Para que Dios pueda ser conocido y amado, los hombres tienen necesidad de que la hermosura divina se les manifieste. Y, puesto que la suprema revelación de Dios es Cristo Señor, el Cristo ahora se hace presente y visible, de manera particular, en los santos. Es en el cristiano donde él se hace visible al mundo; es en el cristiano y por medio del cristiano como él actúa todavía[2].
La santidad es la respuesta a los tantos interrogantes que nuestra sociedad poscristiana nos hace, sobre todo cuando nos encontramos para programar una pastoral que tenga en cuenta los problemas actuales. El ejemplo de los santos nos conduce a volver siempre, antes de comprometernos en cualquier acción pastoral, al núcleo esencial de su experiencia, que es, ante todo, la relación íntima con Dios, puesta como fundamento de todo su actuar.
Además, la santidad está vinculada estrechamente a la universal vocación a la misión: cada fiel está llamado a la santidad y a la misión[3]. La historia de la Iglesia es la historia de su misión en el mundo y es también la descripción de la santidad de los misioneros. Ya que cada cristiano, en fuerza de su bautismo, es misionero, queremos volver a recorrer la historia de la Iglesia en Bélgica y en Holanda a través las figuras de los santos, quienes, con su actuar, han mostrado la unión entre la fe proclamada y la fe vivida y testimoniada.
Más aún, considerando que, como nos recordaba el papa Juan Pablo II en su encíclica misionera Redemptoris missio, nuestro tiempo exige misioneros santos, porque no es suficiente renovar los métodos pastorales, ni organizar y coordinar mejor las fuerzas eclesiales, ni explorar con mayor agudeza las bases bíblicas y teológicas de la fe: precisa suscitar un nuevo "anhelo de santidad" entre los misioneros y en toda la comunidad cristiana[4].
Si nos profesamos cristianos, tenemos también necesidad de confrontarnos con quien, a pesar de las dificultades del propio tiempo, ha logrado encarnar en su vida cotidiana el rostro de Cristo. Precisa, pues, conocer a quienes, viviendo la radicalidad del Evangelio, aún hoy nos interpelan con los valores perennes de una vida a la secuela de Jesús.
Lucia Ferrigno
[1] Cf. E. Grasso, Il Vangelo sulle strade dell'uomo. Ripensare la missione dal Sud al Nord del mondo, EMI, Bologna 1992, 49-50.
[2] Cf. E. Grasso, Fondamenti di una spiritualità missionaria. Secondo le opere di don Divo Barsotti, Università Gregoriana Editrice (Documenta Missionalia 20), Roma 1986, 99-100.
[3] Cf. Redemptoris missio, 90.
[4] Cf. Redemptoris missio, 90.
27/07/09
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