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Vida consagrada en África/11


La reconciliación no es una estrategia


El segundo Sínodo de los Obispos sobre la Iglesia en África, que se ha concluido el 25 de octubre de 2009, sobre el tema "La Iglesia en África al servicio de la reconciliación, de la justicia y de la paz", ha interpelado también la vida consagrada en el continente.

Las estadísticas presentadas durante el debate sinodal han mostrado un crecimiento significativo, sobre todo en los últimos diez años, de los religiosos y las religiosas en el continente, que ascienden a casi 85.000 miembros.

Los institutos, tanto internacionales como autóctonos, están en plena expansión, en un momento histórico, en el cual, como dijo el Card. Franc Rodé en Yaundé, en febrero de 2009, en Europa y en la América del norte, los efectivos muestran una disminución vertiginosa, la más grande registrada en la historia.

Esperanzas y fragilidades

Ciertamente, el número creciente de las vocaciones religiosas no es suficiente para justificar un optimismo sin sombras, y hacer olvidar a África sus problemas y dificultades. En la Relatio post disceptationem, están puestas en evidencia sus fragilidades más emergentes, relativas al discernimiento vocacional, a la carencia de formadores preparados y a la falta de autonomía material de las comunidades religiosas.

De todos modos, el Sínodo reconoce, en el fuerte crecimiento de las vocaciones religiosas, un signo de dinamismo de las jóvenes Iglesias. En su Mensaje al Pueblo de Dios, los Padres Sinodales exhortan a los pastores a sostener la vida consagrada, a fin de que sea capaz de realizar su misión profética, y de ofrecer, en el continente, algunos modelos de reconciliación, de justicia y de paz, en circunstancias de extrema tensión (cf. n. 21).

El tema de la reconciliación es de gran importancia, en las comunidades religiosas locales, donde, a menudo, se reproducen las tensiones tribales y étnicas propias de la sociedad civil. Solo la radicación de una espiritualidad de comunión y de reconciliación puede enriquecer a la Iglesia del continente, y aportar una contribución sustancial a la solución de las plagas de la sociedad africana.

Las raíces para desarrollar esta espiritualidad se fundan en la misma vida fraternal de los miembros. La comunión ad intra, allá donde se viva auténticamente, se vuelve un testimonio fecundo de reconciliación universal, en Cristo.

La contribución más específica, que procede de las personas consagradas, nace precisamente de la fidelidad a la propia vocación y al proyecto carismático de la propia familia religiosa, sobre la cual se construye una fraternidad que trasciende las diferentes culturas, tribus y razas, creando la unidad en la diversidad de los miembros.

Algunas intervenciones, durante el Sínodo, han sacado a luz la necesidad de promover, en el seno de los mismos institutos, la paz y la reconciliación, desarrollando una cultura de la separación de las funciones de poder, del uso de los bienes con transparencia y sin fines personales, y viviendo la propia misión con amor.

Estas intervenciones han insistido en el hecho de que el mensaje de reconciliación y unidad, antes de ser dirigido a lo exterior, se dirige a lo interior, porque la crisis que existe por fuera vive también "ad intra"[1].

Testigos de reconciliación

La reconciliación no se realiza a través de lindos discursos; esta, en primer lugar, es una opción fundamental de vida, que exige una conversión cotidiana de los miembros y de las comunidades religiosas. No sería posible llevar la curación afuera, a las relaciones "enfermas" entre los hombres, sin practicar el perdón, la búsqueda de la verdad y la preocupación por la justicia dentro de las mismas comunidades religiosas.

La vida consagrada en África actualmente tiene necesidad de personas que sean testigos de comunión, verdad y solidaridad, más que promotoras de numerosos y preciosos servicios sociales. En ambientes lacerados por luchas tribales y étnicas o por mentalidades, en las cuales la pertenencia regional, la "religión de la sangre" llevan la delantera sobre las experiencias de fraternidad y solidaridad, precisa una fuerte cultura de la comunión, vehiculada particularmente por la vida consagrada.

La propositio 42 del Sínodo reconoce la función profética de las personas consagradas, en el proceso de reconciliación y paz, sobre todo, porque frecuentemente ellas están cerca de las víctimas de la opresión, de la discriminación, de las violencias y los sufrimientos de todo tipo. La Iglesia - afirma la proposición - espera mucho del testimonio de las comunidades religiosas, caracterizadas por diversidades raciales, regionales y étnicas.

La reconciliación y la paz son valores esenciales, en los que la contribución de las personas consagradas, llamadas a ser "expertas en comunión", puede ser determinante en las jóvenes Iglesias de África. La comunión y la reconciliación son auténticas, si están fundadas en la gracia de Dios y en las exigencias de la verdad evangélica, y no en los criterios humanos, sociológicos y psicológicos. No hay que confundir nunca la comunión y la reconciliación con un acuerdo recíproco, fundado en la buena educación o en intereses comunes, y tampoco hay que confundirlas con una tranquilidad construida sobre una cohabitación pacífica, que no erige la verdad evangélica como criterio fundamental para dirigir las relaciones recíprocas.

La reconciliación no es nunca un simple producto de programaciones sociales o eclesiales; es la obra de Dios en Cristo y, en este sentido, es más una espiritualidad que una estrategia[2].

Silvia Recchi



[1] Cf., por ejemplo, las intervenciones del P. Emmanuel Typamm, Secretario General de la COSMAM, 6.a Congregación General, 8 de octubre de 2009, y del P. Eduard Tsimba, CICM, 8.a Congregación General, 9 de octubre de 2009.

[2]
Cf. la intervención del P. Francesco Bartoloni, Moderador General de los Misioneros de la Preciosísima Sangre, 8a Congregación General, 9 de octubre de 2009.


05/02/2010

 
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