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No hay evangelización sin testimonio
El 12 y el 13 de febrero, en la ciudad de Lima (Paraguay), se ha llevado a cabo el primer encuentro diocesano de este año para el clero, los religiosos, las religiosas y los laicos comprometidos de la diócesis de San Pedro Apóstol.
Los sacramentos, en particular el bautismo y la confirmación, y la definición de un plan pastoral diocesano eran los temas que estaban en el orden del día.
Tratando el primer tema, se ha puesto en evidencia el cuadro confuso en el que las varias parroquias se mueven, siguiendo criterios propios tanto por lo que concierne a la preparación a los sacramentos como por la parte económica. Unánime, por contrario, era la problemática relativa a los jóvenes de la confirmación, quienes, una vez recibido el sacramento, desaparecen. Las causas son muchas, entre las cuales está la gran movilidad por la falta de trabajo en su pueblo, lo que obliga a emigrar a otro lugar, con la esperanza de un futuro diferente.
Unánime de parte de todos los participantes era también la necesidad de retomar con fuerza la evangelización que, de hecho, según la opinión de Mauro, el conductor de la radio diocesana de San Pedro, se ha debilitado durante el ministerio episcopal de Mons. Fernando Lugo. Él reconocía que se había dato amplio espacio a la cuestión social, interrumpiendo la línea de una mayor exigencia evangélica, que tanto Mons. Bogarín como Mons. Páez habían llevado adelante. Gracias a ella, muchos jóvenes, hoy sacerdotes, también de la diócesis de San Pedro Apóstol, habían descubierto su vocación.
Al tema de la evangelización se ha unido el otro, inseparable, del testimonio.
En efecto, el primer elemento no puede estar separado del segundo, si quiere ser creíble y eficaz. Lo recordaba el Papa Pablo VI, cuando decía que los hombres de nuestro tiempo escuchan más de buena gana a los testigos que a los maestros.
Después de un primer enfoque en la asamblea general, los trabajos han continuado en círculos estrechos según la zona. Tacuatí pertenece a la zona del Aguaray, junto con otras cinco parroquias. Por lo tanto, nos hemos encontrado a reflexionar junto con los representantes de estas otras cinco parroquias, y allí nos hemos detenido ante todo sobre el aspecto del testimonio.
En estas ocasiones, muchas veces, los discursos y las discusiones dan la vuelta sobre sí mismos, se complican y, en verdad, no siempre en ellos se eschucha principalmente el soplo del Espíritu Santo.
Hablando de evangelización y testimonio, he vuelto a repensar en la verdad muy simple que afirmaba el Fundador de mi Comunidad Redemptor hominis cuando, viviendo en un barriada muy pobre de Roma y compartiendo en todo la vida de los más necesitados, decía a las personas cultas que iban a visitarlo y a nosotros, jóvenes estudiantes, su convicción de que la “teología inicia desde la taza del retrete”.
Con esta frase, todos entendían que la concreción del testimonio y el amor hacia el otro se manifiesta en el respeto de sus necesidades vitales, sin muchos vuelos teóricos.
Concordaba con esta verdad también el anciano padre Vicente Valenzuela, sacerdote de la diócesis de San Pedro, ya fallecido, cuando en 2001, durante la semana dedicada a los misioneros extranjeros, para hacerles conocer las líneas pastorales de la diócesis, decía que ellas eran simples y que debíamos tener presente que vivir en este país, entre gente pobre, ya el ser “gordo”, era antievangélico.
Repensaba en estas enseñanzas, durante el encuentro diocesano en el que tenía cerca de mí un sacerdote, joven todavía, que pesaba seguramente más de 100 kg. He creído poder ayudar a encontrar el camino del justo testimonio recordando a los presentes estas cosas simples: el cuidado del cuerpo, la limpieza, una alimentación equilibrada, el respeto del ambiente (no arrojar la basura – por ejemplo los papeles de las golosinas – al piso), el orden, el dejar los servicios higiénicos limpios.
Todos me han escuchado en silencio, luego hemos seguido adelante reflexionando sobre estas pequeñas cosas con mucha amistad, y coincidiendo en lo que hace falta mejorar, justamente en nuestros encuentros diocesanos. ¿No es también esto evangelizar y testimoniar?
La palabra del Señor nos empuja a mejorar ante todo la calidad humana de nuestra vida y nuestra persona; solo así podremos avanzar personalmente en el camino espiritual y, con la gracia del Señor, ser de ayuda a nuestros hermanos.
Paola Iacovella
01/03/08
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