Vida de las misiones en África/40
JUVENTUD, UNA RIQUEZA... QUE PASA
Encuentro de Emilio con los grupos juveniles
de la parroquia "Beata Anuarite" de Obeck
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En su reciente viaje a Camerún, Emilio ha encontrado a los jóvenes acompañantes de los grupos juveniles de la parroquia "Beata Anuarite" de Obeck, en Mbalmayo. El encuentro ha sido breve, pero, lleno de contenidos profundos y de tono franco.
Los jóvenes han empezado con la exposición del camino recorrido este año, a la luz del tema de la Jornada Mundial de la Juventud 2010: "Maestro bueno, ¿qué tengo que hacer para conseguir la vida eterna?" (Mc 10, 17), presentando las adquisiciones y las dificultades vividas. Al final, han hecho algunas preguntas sobre las líneas de formación de los jóvenes, y sobre el tema de la relación entre vocación y proyecto de vida.
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Ser jóvenes en África
Emilio ha comenzado hablando sobre la importancia de definir y delimitar el tiempo de la juventud en África. En efecto, la cultura gerontocrática tradicional tiende a dejar al margen de las decisiones a los jóvenes adultos que no tienen una posición económica estable, y a dejarlos indefinidamente en la condición de "jóvenes". El fenómeno se acentúa aún más en la sociedad moderna, por falta de perspectivas ocupacionales para los jóvenes.
La juventud se define, además de por la edad, por la condición de búsqueda y construcción del propio futuro, que todavía no está determinado por elecciones y proyectos de matrimonio u otras situaciones, que comprometen y vinculan de modo definitivo la propia libertad.
Los jóvenes han aprendido, así, a distinguir entre la libertad fundamental de elección de la propia vida, y la libertad consecuente de vivir la elección hecha.
Los jóvenes mismos, en su discurso de bienvenida, habían definido la juventud como su más grande riqueza, retomando un pasaje de la carta de Juan Pablo II, dirigida a los jóvenes en 1985: "La juventud es la escultora que esculpe toda la vida, y la forma que ella confiere a la concreta humanidad de cada uno y de cada una de vosotros, se consolida en toda la vida"[1].
Una riqueza, ciertamente, pero... que pasa, ha subrayado Emilio, invitando, de esta manera, a los jóvenes a vivir la juventud con sentido de responsabilidad; a comprometerse en la reflexión, en el diálogo, en el estudio, en el amor a los más pobres y a los más pequeños; sobre todo a no derrochar tiempo precioso.
Emilio les ha explicado como las oportunidades y las condiciones de vida de un joven, en África, son muy diferentes de las de sus coetáneos que viven en Occidente. Ha puesto el ejemplo del largo tiempo que un joven en Camerún necesita, para satisfacer las necesidades fundamentales de la vida, como el agua, el alimento, los instrumentos de comunicación, para poder estudiar; realidades disponibles, en cambio, con gran facilidad en otros lugares.
La vida de un joven africano, en efecto, está constantemente marcada por la precariedad. Este desnivel de vida requiere un rigor más grande en la gestión del tiempo, por parte de los pobres en general, y de los jóvenes en particular. Por lo tanto, estos están llamados a hacer elecciones precisas de vida cotidiana, y a no detenerse con quienes son superficiales y no quieren comprometerse.
Formación del carácter
La formación de los jóvenes y de los niños, en el contexto africano, más que en otros lugares, no debe ser considerada, pues, tanto una transmisión de contenidos; tiene que apuntar, más bien, al desarrollo de la personalidad y del carácter, necesarios para afrontar las numerosas dificultades de la vida. El carácter se forma a partir de la fidelidad a puntos simples, pero precisos, como la regularidad y la puntualidad, el sentido del bien común, el respeto y el cuidado de los ambientes en los cuales se realizan los encuentros. Además, es necesario enseñar a respetar el propio cuerpo, a vivir en grupo, a adaptarse a las diferentes situaciones, también fuera de la cáscara de las costumbres maternas y familiares.
Los adultos deben ser interpelados en su función insustituible de educación de los niños en la familia, primer lugar determinante de formación.
Los jóvenes, de su parte, están llamados a cultivar el sentido de responsabilidad personal y de independencia, y sobre todo a asumir las consecuencias de las propias acciones, a través de un trabajo de racionalidad, de comprensión de las causas y de los efectos; a no utilizar, como sucede frecuentemente, la gran familia africana para descargar las consecuencias de la propia irresponsabilidad.
"Queridos jóvenes, -decía Emilio- si Dios nos perdona muchas cosas, la vida, en cambio, no perdona. Esta se construye con actos y consecuencias que hemos puesto. Cada uno está llamado a elegir en libertad, y a pagar el precio de las propias elecciones".
También para la formación de los jóvenes, la regla de oro es "Vivir las cosas dichas", no detenerse en discursos ideales, que permanecen vacíos y sin efectos verificables.
Es fundamental, por tanto, ofrecer un modelo de vida coherente con la palabra, un rostro y una vida diferentes, educando y dejando, luego, a cada uno en la soledad y en la responsabilidad inviolable de la propia libertad.
Entre proyecto y vocación
A la pregunta de los jóvenes sobre la relación entre la vocación y un propio proyecto de vida, Emilio ha contestado con una reflexión que ha puesto a los jóvenes frente a las exigencias de la radicalidad cristiana. Cada uno, en la propia libertad, en la escucha de la palabra de Dios y de la propia conciencia, está llamado a descubrir la voluntad del Señor para él, que es la vocación a la felicidad eterna. Una vez reconocida esta llamada como propio bien, como la perla preciosa de la propia vida, debe existir la capacidad de adquirir esa perla, poniendo de nuevo en tela de juicio los propios proyectos. La fe es obediencia a la palabra de Dios. Si, en cambio, después de haberla escuchado, la olvidamos o la negamos, somos ridículos y necios.
En una vida cristianamente cumplida, no debería existir contradicción entre proyecto personal y vocación de Dios al amor. Si hay contradicción, quiere decir que queremos que Dios bendiga nuestros proyectos, contrarios a su voluntad. Y esto no es posible; Dios nos deja libres, pero, no se deja encerrar en nuestros esquemas.
Las dificultades representan un desafío a nuestra fe. Para realizar nuestra felicidad eterna, en efecto, siempre encontraremos dificultades. No existe una fe auténtica, allá donde se quieran limar y esquivar siempre los obstáculos, vivir en una actitud religiosa light, sin problemas, sin el escándalo de la Cruz.
Es importante, pues, educar a los jóvenes a no vivir la fe solo en los momentos alegres, de los cantos y las reuniones, sino a vivirla de modo personal, para asumir también las dificultades y las exigencias de la Cruz, que, escándalo y locura para muchos, es la única realidad en la cual hay salvación.
Se ha tratado de un discurso que ha afectado profundamente a los jóvenes, tanto a los más grandes, quienes se encuentran frente a elecciones de vida, de estudio o de profesión, como a los más pequeños, poniéndolos a todos frente al caso serio de la elección de vida cristiana, de su coherencia hasta la Cruz, que comienza y se construye en la fidelidad diaria.
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Lo que hemos descubierto
Lo que hemos descubierto es que, para conseguir la vida eterna, tenemos que escuchar la palabra de Dios. Esta es la fuente de la vida que buscamos, el camino para llegar a ella. Es también la fuerza que abre las puertas de nuestro corazón, y nos vuelve atentos a la vida alrededor de nosotros.
En segundo lugar, hemos entendido que la juventud tiene necesidad de formación, de reflexión y de oración. La palabra de Dios debe estar unida a una formación a la vida social y a la reflexión sobre ella.
En tercer lugar, que "la juventud es nuestra principal riqueza", el momento más importante de nuestra vida, el tiempo en que debemos esculpir el porvenir, porque somos nosotros los artífices de nuestra vida.
Además, hemos aprendido que tenemos que responder a la pregunta de Jesús: "¿Por qué me llamas bueno?". ¿Es por amor o por interés? Solo Dios es bueno y amarlo significa ser fieles, respetar los mandamientos, responder a la vocación al amor, que quiere decir también dejarse atraer por la llamada de Dios, a donarse, como Jesús, para una justa causa.
En fin, hemos entendido que buscar la vida eterna significa ser responsables, fieles a nuestros compromisos; quiere decir tener una función importante en la Iglesia, viviendo como cristianos, en todas las dimensiones de nuestra vida.
(Del discurso de bienvenida de Eric Ntsama, Responsable de la Coordinación Jóvenes de Obeck, 16 de agosto de 2010)
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Antonietta Cipollini
[1] Cf. Carta Apostólica Dilecti Amici del Papa Juan Paolo II para el Año Internacional de la Juventud (31 de marzo de 1985), n.º 13, en www.vatican.va
07/10/2010
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