Vida de las misiones en África/44
¿SABEMOS REZAR VERDADERAMENTE?
Una pregunta hecha a los jóvenes de los grupos litúrgicos
Algunos años atrás, con ocasión de la celebración del décimo aniversario de la exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in Africa, se ha llevado a cabo, en Yaoundé, un Simposio internacional sobre su recepción en las Iglesias de África.
Entre las varias intervenciones, la mayor parte de las cuales subrayaban la urgencia de un compromiso cristiano en lo social, tenida en cuenta la evidente contradicción entre el gran número de fieles que llenan las iglesias de África, y la decadencia de las sociedades africanas, fue hecha esta pregunta: "En África las liturgias son lindas y suntuosas, pero, ¿sabemos rezar verdaderamente?".
Lex orandi, lex credendi, lex vivendi: se vive y se cree lo que se reza.
La pregunta, que quería poner de nuevo en el centro el debate sobre lo esencial, recuerda todavía hoy la necesidad, para los fieles, de volver a la fuente de su vida de fe y de su compromiso cristiano, a fin de que puedan dar unos frutos visibles también en la sociedad. Se trata de la misma urgencia expresada por el Segundo Sínodo para África sobre el tema de la reconciliación, de la justicia y de la paz.
En la vida eclesial, en cambio, se constata una reanudación de los rezos de sanación y de exorcismo, o sea, de comportamientos que corren peligro de confinar la oración de los fieles en una dimensión de enajenación y magia.
A tal propósito, ha sido particularmente enriquecedor el encuentro sobre el tema de la oración, que Emilio ha realizado, con ocasión de su visita a la parroquia "Beata Anuarite" de Obeck, en Camerún, para los jóvenes de los grupos litúrgicos: las corales, los monaguillos, los lectores y los miembros del servicio de acogida.
Dios nos habla y espera nuestra respuesta
En un ambiente donde la oración es vivida, a menudo, como huida de un compromiso responsable de parte de los fieles, frente a los problemas de la miseria y del subdesarrollo, para encontrar refugio en un dios "tapagujeros", Emilio ha querido subrayar la estructura fundamental de la oración cristiana, en cuanto diálogo entre Dios y su pueblo, entre Dios y cada fiel.
"En el principio era el Verbo..." (Jn 1, 1): la iniciativa del diálogo pertenece a Dios, quien se dirige a los hombres, habla y se revela. Antes de cada proyecto y actuación humana, está la acción de Dios, opus Dei, de un Dios que, desde siempre, está a la búsqueda del hombre para hacer de él su partner y su amigo.
Por lo tanto, no pertenece a Dios responder a nuestras solicitaciones, a nuestras peticiones; en cambio, corresponde ante todo a nosotros responder a su palabra, que nos interpela.
En la oración, estamos llamados no a multiplicar las palabras y los gestos, sino a escuchar y a hacer memoria de lo que Dios ha dicho y actuado. La palabra de Dios ‒ha explicado magníficamente Emilio a los jóvenes‒ es como una carta dirigida a cada uno de nosotros; carta a la cual cada uno tendrá que dar su respuesta personal.
Esto comporta la exigencia de favorecer, en nuestras asambleas, algunos espacios de silencio, como partes integrantes de la liturgia. Por eso, precisa una educación en el valor del silencio, al cual los fieles de nuestras iglesias parecen particularmente alérgicos: en la casa, llenan el vacío del silencio con el ruido de los medios de comunicación; en la iglesia, con la tendencia a sustituirlo con cantos interminables y jaculatorias de todo tipo.
El silencio exterior, en cambio, ayuda a vencer los automatismos de los gestos y de las palabras, su superficialidad, y a crear el silencio interior, expresión de pobreza del corazón, la única que puede permitir la acogida de la Palabra.
En este sentido, nuestra oración tendría que comenzar siempre con la confesión de nuestros propios pecados. Contra toda tendencia al victimismo -tendencia particularmente acentuada en un ambiente cultural, donde la antropología tradicional considera la vida del hombre como una batalla sin tregua contra los espíritus malos, y en la búsqueda continua de los buenos que lo protegen-, Emilio ha recordado a los jóvenes que no se trata de denunciar los pecados de los demás, sino, más bien, de reconocer los propios. Solo esta actitud permite buscar y hacer surgir en el corazón la necesidad de Dios, de su gracia, de su misericordia, de su consejo.
Sin esta actitud de pobreza, no se puede entrar en el espíritu de la liturgia, y esta última acaba por reducirse a teatro, a un espectáculo "en disfraces", donde se representan algunas partes preestablecidas, sin que esto pueda inquietarnos, interpelarnos, trastornar nuestras vidas, trayéndole la novedad que nos libera de la monotonía del pecado y nos abre a la acción de Dios.
El hombre, partner de Dios
"Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo...", son las palabras que recitamos frecuentemente en nuestras oraciones. Dios, a través de su Palabra, expresa su voluntad, manifiesta su proyecto; la oración auténtica, lejos de ser un refugio que enajena, remite el orante al cumplimiento del plan de salvación. Así, el hombre que reza está llamado a volverse "partner de Dios" con vistas a la realización de este plan.
En la celebración eucarística, el rito de las ofrendas, "fruto de la tierra y del trabajo del hombre", expresa bien esta dimensión de colaboración. Sin la aportación de nuestro trabajo y de los frutos de la tierra, el Espíritu Santo mismo sería incapaz de hacer de nosotros los contemporáneos de Jesús, hasta el punto de ser un solo Cuerpo con Él.
El contacto asiduo con la "Palabra de vida", Palabra verdadera y de verdad, contribuirá también a desenmascarar toda forma de corrupción de la palabra, actuada en la vida y en la sociedad, donde los hechos contradicen, muy a menudo, los propósitos anunciados.
La oración se vuelve, entonces, una potente fuerza histórica de transformación, que nos compromete en una vida de solidaridad, de amor, de construcción de una ciudad del hombre a imagen y semejanza de la ciudad de Dios, donde ya no hay odios, injusticias y discriminaciones.
Las actitudes características de la oración litúrgica -la escucha, la memoria, el diálogo- se deben encontrar también en el centro de las oraciones de las cofradías de nuestras parroquias, como también en sus sesiones de formación, cuya finalidad permanece la de una más grande capacidad de escucha de la Palabra, del ahondamiento en ella y del compartir la respuesta personal.
Una de las oraciones más amadas por el pueblo de Dios de todos los continentes es el rosario, que Emilio ha presentado a los jóvenes de Obeck.
Después de haberse detenido en los orígenes históricos de este "salterio de los pobres", ha insistido, en particular, sobre su carácter bíblico. En efecto, contemplar los diferentes misterios significa hacer memoria, para que se realice en nosotros la acción de un Dios quien ha hablado a una virgen de Israel, y ha tomado carne en el vientre de la que ha creído sin contraponer ningún obstáculo a la Palabra de Él.
María vive de esta Palabra; la escucha, se alimenta de ella, y esta Palabra se vuelve, en su vientre, el Cuerpo de Jesucristo. Como María, también nosotros estamos llamados a engendrar la Palabra de Dios, a fin de que esté presente y operante en el mundo.
Vivir y compartir la Palabra
Sin moralismos y sin alimentar ilusiones o aportar soluciones prefabricadas, para afrontar las emergencias de la vida, Emilio ha propuesto a la meditación de los jóvenes los puntos esenciales, para aprender a rezar y, por lo tanto, para vivir la vida cristiana.
Así, los jóvenes han comprendido mejor la profundidad de las enseñanzas que han catalizado su compromiso en el inicio de este año pastoral. Han procedido, además de esto, a la puesta al día de sus programas: la atención a las personas y a su camino, en diálogo con la Palabra escuchada, se ha vuelto una prioridad con respecto a las múltiples actividades en las que están comprometidos.
Precisamente por esto hemos querido orientar a los jóvenes, no solo a la participación asidua en la Misa del domingo, sino también a la adoración eucarística semanal, seguida del rezo de las Vísperas. Además, han sido invitados a la cita mensual del "Compartir el Evangelio", donde aprenden a rezar, en el silencio y la escucha, profundizando en la Palabra, compartiendo su respuesta y verificando la propia vida a la luz de Ella.
Franco Paladini
(Traducido del italiano por Luigi Moretti)
27/12/2010
|