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Vida de las misiones en África/49


El poder del agua bendita

El valor de los sacramentales


Es una experiencia que no olvidaré fácilmente.

Era la primera celebración del Miércoles de Ceniza de la que participaba, en Camerún, durante el curso de una liturgia, en la Capilla de la Universidad Católica del África Central, en Yaoundé, donde doy clase. Después de haber salido de la iglesia, estaba cerca del portal principal de la Universidad, y los rastros de la Ceniza recibida eran todavía visibles sobre mi frente. De repente, un hombre de cierta edad, corriendo hacia mí, me tironea y, sin que tenga el tiempo de darme cuenta de esto, me "roba" con sus dedos el polvo de la última Ceniza que había quedado, se la pone sobre su frente y huye.

Al ver mi cara turbada, algunos de mis alumnos presentes me explican que el pobrecito había querido capturar, de este modo, el "poder" que atribuía al símbolo sagrado de la Ceniza, para protegerse o hacerse una "coraza", como se dice en jerga, contra las diversas calamidades de la vida.

Esta mentalidad, después de haber transcurrido veinte años en África, ya no me sorprende. Los fieles solicitan una gran cantidad de signos sacramentales, para afrontar las dificultades y la precariedad de la vida, en contextos sociales pobres, desprovistos de medios para poderlas solucionar.

Necesidad de evangelización

Es exactamente esta visión, bastante difundida, la que necesita ser profundamente evangelizada. Para tal fin, la Escuela para la formación de los laicos de la parroquia de Obeck ha querido organizar, este año, un curso sobre el valor de los sacramentales y de los sacramentos, en la fe católica.

El problema se pone seriamente cuando el uso de los sacramentales acaba por sustituir el de los amuletos y de los talismanes, cuando los fieles recurren a ellos para poder obtener, más eficazmente, lo que los talismanes profanos no les pueden asegurar.

La extensión que el uso de los sacramentales está actualmente teniendo en África, en general, ofrece materia de reflexión y requiere una catequesis severa respecto a esto, a causa de las numerosas desviaciones, y hasta de las profanaciones, que empujan a los fieles a concentrarse en el poder de las cosas y de los ritos, para sanar sus enfermedades, para buscar trabajo, para contraer un buen matrimonio, para protegerse de los celos de los vecinos: en fin, para tener éxito. La fe se reduce al uso de estos signos sagrados, como si fueran objetos mágicos, de los que se espera la realización de los propios deseos, frente a la dura realidad de la vida.

De esta manera, el uso de los sacramentales, que debería estar ligado a la fe en Jesucristo y a la fuerza de intercesión de la Iglesia, se transforma en una desesperada búsqueda de signos, de ritos y de objetos amuletos.

Los sacramentales y sus efectivos significados

Los fieles inscritos en la Escuela, así, han aprendido que pertenecen a la liturgia de la Iglesia algunos signos, por ella instituidos, llamados sacramentales. Estos son numerosos (a diferencia de los sacramentos que son siete) como, por ejemplo, el uso del agua bendita, las unciones con el aceite sagrado, las bendiciones de una imagen sagrada, la consagración de una iglesia o de un objeto sagrado. Los sacramentales, entre los cuales son particularmente importantes las bendiciones, se componen, normalmente, de una oración acompañada de la señal de la cruz y de otros signos.

Con los sacramentales se expresan efectos, sobre todo espirituales, obtenidos mediante la oración de la Iglesia. Estos disponen a los fieles a recibir el efecto principal de los sacramentos, a los que son, de alguna manera, orientados; a través de ellos son santificadas las diversas circunstancias de la vida de los fieles (cf. Sacrosanctum Concilium, 60).

Los sacramentales, por lo tanto, deben ser considerados en estrecha relación con la participación en los sacramentos, de modo que esta sea plena, consciente y activa, y que los fieles no se sientan solo como simples espectadores de la acción sacramental de la Iglesia.

Los sacramentales tienen sentido solo en un contexto de fe vivida. Son una expresión de fe de quienes los solicitan y los utilizan; esto se expresa exactamente a través de la fórmula latina que se utiliza con respecto a esto, diciendo que los sacramentales actúan ex opere operantis, o sea, que su efecto depende del "trabajo" desarrollado por el fiel que los recibe, de su actitud y de su disposición.

La Iglesia enseña, en cambio, que la gracia que emana de los sacramentos es producida por la celebración misma del rito, y no depende de la buena voluntad o de la santidad del celebrante o de los destinatarios. El valor, en este caso, deriva de su institución divina, en virtud del "trabajo" ya desarrollado por el Señor (en latín, ex opere operato). Pero, nunca se debe olvidar que la recepción de los frutos de la gracia del sacramento administrado no se realiza de manera automática, sino que siempre depende de las disposiciones y de la fidelidad activa de quienes reciben y celebran el sacramento.

Una diferencia fundamental

En la economía sacramental de la Iglesia, nunca acontece una acción mágica, que actuaría independientemente de la fe. Recibir un sacramento o un sacramental, en el horizonte de fe, requiere siempre la aceptación de la Palabra de Jesús y la adhesión a ella. De los objetos sagrados, de los rosarios, de las imágenes sagradas, del aceite o del agua benditos, de los ritos y de las bendiciones, que caracterizan los sacramentales, no deriva ningún poder mágico.

Este consiste en la voluntad de apoderarse de una fuerza invisible, para solucionar los propios problemas, disipar los propios miedos, hallar un remedio para enfermedades y prevenir toda forma de adversidad. En estos casos, uno quiere capturar un poder benéfico para sí mismo, confiando en prácticas exteriores y en gestos que, llevados a cabo con esmero, tendrían que actuar automáticamente.

Todo esto no tiene nada que ver con los sacramentales, cuya eficacia deriva de la fuerza de intercesión de la Iglesia, de la conversión del corazón de los fieles, y cuyo fin es el de prepararlos a la comunión con Cristo, para volverse semejantes a Él.

El verdadero problema, para los creyentes, en efecto, no es el de ser curados o de recibir alivio, sino el de hacerse como Cristo. Es a esta finalidad a la que aspira la economía sacramental de la Iglesia, y a la cual los sacramentales preparan. No se trata de proteger la propia vida, sino de exponerla, de ofrecerla al servicio de los hermanos.

Los fieles de la Escuela de formación de Obeck han seguido con gran atención el discurso, que exige de ellos una conversión intelectual y, por consiguiente, también práctica, en el modo de percibir el uso de los numerosos signos sagrados, rebuscados, en la mayoría de los casos, solo como objetos amuletos, para alejar influencias maléficas de todo tipo.

Al final de la lección...

Al término de la lección, lo esencial ha sido comprendido; los fieles, en efecto, se han divertido evocando algunas situaciones diarias de utilización de los sacramentales, como, por ejemplo, aquella del conductor de la moto-taxi, apenas transitado delante de la parroquia, y cuyo dudoso equilibrio hace prever lo peor. Sobre la pequeña moto están cuatro personas (sin casco, naturalmente) entre las cuales un pobre niño, aplastado entre la mamá y un gran saco de cacao, transportado junto con ellos. En esta terrible confusión, suicida y criminal, el detalle importante, que los fieles han notado, es la corona del rosario colgada del cuello del taxista de la moto, de la cual visiblemente se espera una segura protección, una "coraza" total.

Pero, en caso de accidente, alguien hará la pregunta: ¿por qué el rosario, aunque esmeradamente bendito y llevado al cuello, no ha surtido efecto?

Silvia Recchi

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

16/03/2011

 
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