El Paraguay vive una situación de corrupción estructural e impunidad, que opera como mecanismo de soporte de la elite al poder, en cuanto mecanismo de reproducción del régimen político clientelista, del Estado prebendario y de la economía informal. Según
Transparency International, en el índice de percepción de la corrupción 2004, el Paraguay figura en el 141° lugar, entre los 146 países examinados, con una puntuación de 1,9 en una escala de 10 a 0 (del más honesto al más corrupto).
En este contexto de corrupción generalizada, en el que la peor corrupción concierne al significado de las palabras, cualquier discurso ad extra no vale un comino, o cae hasta en lo ridículo, a falta de una diferente praxis ad intra verificable por parte de todos.
Es por eso por lo que el discurso de la transparencia absoluta y total de la gestión parroquial es condición sine qua non, premisa indispensable de todo otro discurso.
No hay Misa sin el pan y el vino, “fruto de la tierra y del trabajo del hombre”.
La dimensión del don de Dios se acompaña a la respuesta del hombre. A falta de una de estas dos dimensiones, se disuelve la fe católica que nos gloriamos de proclamar.
El discurso de la transparencia económica y de la respuesta del hombre en la asunción libre de su responsabilidad, hace de Ypacaraí un “lugar de reflexión teológica”, que permite un anuncio creíble.
Sobre esto fundamento ha sido posible el nombramiento de un nuevo Consejo Económico y al interior de una eclesiología de comunión, la realización de un proyecto para la construcción de un Centro Multifuncional. El proyecto ha obtenido la aprobación del Comité de la Conferencia Episcopal Italiana para
las intervenciones caritativas en favor del Tercer Mundo, y ha sido realizado con una cofinanciación, entre otras, de la diócesis de Colonia.
La parroquia, en efecto, estaba completamente desproveída de un mínimo de estructuras de acogida, y todas las actividades se desarrollaban en el templo parroquial o usufructuando de la generosa hospitalidad de las Hermanas Franciscanas.